Tengo la tarde libre. Por más que lo intento, no consigo recordar en que momento mi jefe decidió cambiar mi jornada laboral, pero ahora tengo todas las tardes libres (*). Tampoco sé donde están los niños (**), aunque parece no importarme, es más, me siento tan despreocupada como antes de tener hijos. Aunque soy plenamente consciente de que estamos en pleno mes de noviembre, estoy en bikini, tomando el sol en una playa, con una amiga. No sé quién es, pero es mi amiga. Estoy tumbada boca arriba, apoyada en los codos. Es una postura incómoda, pero así parece que tengo menos barriga que si estuviese sentada. Mis gafas de sol me permiten observar, sin que lo parezca, a la persona que se aleja, montada en las escaleras mecánicas, cada vez más arriba, más arriba, más arriba. Ha montado en ellas al revés, mirando hacia la playa de la que cada vez se aleja más, y aunque lleva gafas de sol, creo que también me está mirando.

Son las seis y diez de la mañana, e Ir. se despierta, llamándome y llorando. Tiene mocos.  Me meto con ella en su cama. Intento subir en la escalera mecánica, pero ha desaparecido. Creo que hoy no podré ir a la playa, parece que va a llover.  Ir. no ha conseguido volver a dormirse, espero que eche la siesta...

En otro orden de cosas, nunca he utilizado colorete (***), pero desde hace unos días no puedo vivir sin uno que se llama orgasmo. Qué cosas...

 

 

 (*)  Cualquier parecido con la realidad es... mentira. Ya quisiera yo tener las tardes libres.

(**)  Cualquier parecido con la realidad... NO existe parecido con la realidad. Yo siempre sé dónde están mis hijos.

(***)  Es mi frívolo gen.