Preveía una noche de perros. Rn. acababa de acostarse, y no paraba de toser. Ya había tomado cuatro pulsaciones de inhalador,  tal como había recomendado su pediatra, pero la tos seguía y seguía. A Ro. y a mí nos era imposible dormir, y suponíamos que en breve, a él también. Así que recurrí al "remedio de la abuela" de toda la vida. Media cebolla, picada en seis trozos, en un platito con un poco de agua, encima de su escritorio, cerca de la cabecera de la cama. Y santas abuelas, y santo remedio...

Imágen de internet

Sobre las seis de la mañana, Rn. se despertó con ganas de hacer pis. En su habitación, lógicamente, olía fatal, pero él pareció no darse cuenta. Cuando volvía a meterse en la cama, reparó en el plato encima del escritorio.

Rn:  Ama, ¿qué es eso?

Yo:  Cebolla.

Rn.:  No quiero. ¡Ama, no quiero, no quiero! ¡¡¡No quiero!!!

Y comenzó a hacer un puchero, a punto de llorar...  Pensé que quizá ahora se hubiese dado cuenta del olor, y le pareciese insoportable...

Yo:  ¿Quieres que me la lleve?

Rn.:  Ama,  ¿ ¡¡ es que como quieres que me coma todo eso ahora !! ?  ¡¡¡  Si sabes que no me gusta la cebolla  !!!

Sólo de pensar en empezar el día con semajante desayuno, la verdad, dan ganas de no levantarse.

Buen jueves. Yo voy a tomarme un café con miel, corto de cebolla...