Por la tarde, antes de regresar a casa. Visita de cinco minutos (a lo sumo siete) al supermercado. O compramos algo, o no cenamos. Mientras cojo los yogures, Ir. intenta cambiar el orden de almacenaje de los briks de zumo. Dado que su madre frustra su creatividad logística, llora desconsoladamente. Parada en frutería. Al lado, pescadería.

Pescadera:  ¿Qué te pasa, cariño? ¿Por qué lloras? ¿Qué te han hecho? ¿Te han pegao, eh, te han pegao?

Me acerco a la caja. Ir. se ha quitado los zapatos. Mi vecina del quinto está a punto de pagar su compra.

Vecina del 5º:  ¡Ahí va! ¡Pero si te has quitado los zapatitos! ¡No pierdas el zapatito, eh, laztana!  ¡No  pierdas el zapatito, eh, que vale mucho dinero!

Rn. se empeña en sacar él solito toda la compra del cesto, e ir colocándola sobre la cinta transportadora. Mientras tanto, yo voy introduciendo los productos ya escaneados en la bolsa.

Yo:   Gracias, Rn., estás ayudando mucho.

Cajera:   Síiiiii.... Es que es un chico muy grande. Los grandes ayudan, ¿verdad?.  Los pequeños solo lloran.

¿Estamos tontas? ¿O es que estamos tontas?