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La Coctelera

El patio de mi casa

Aquí no se oye el tráfico y se puede estar tranquil@, y además, la casa está un poco desordenada ... prefiero que nos sentemos en el patio. ¿Qué te apetece tomar?

2 Octubre 2009

La habitación del hijo

A mí Arturo Perez-Reverte me gusta y me disgusta a partes iguales. Bueno, no él, sus escritos. Y en realidad tampoco a partes iguales, pero eso no tiene demasiada importancia. A lo que iba, y es que con el artículo que publicó el pasado domingo en el XLSemanal me pareció que estaba sembrado. E iba yo a comentarlo por aquí, cuando me acordé de otro de sus artículos que leí en agosto, en plenas vacaciones, en el mismo suplemento. Leía tomándome un café y aspirando el aroma del mediterraneo, y no pude evitar que unos enormes, enormísimos lagrimones se metiesen en mi taza...

"LA HABITACIÓN DEL HIJO

Lo conoce mejor que a ella misma. O creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño. El niño dejó de serlo hace tiempo. A veces, cuando está fuera, la madre se queda un rato en su habitación, callada, mirando los objetos, los libros -ella compró los primeros y los puso allí, soñando con el lector que alguna vez sería-, las fotos de amigos, de chicas. Las medallas que ganó en el colegio, tenaz, esforzado. Valiente como ella procuró enseñarle a ser. Con el ejemplo del padre: un buen hombre que nunca dice tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber, ni hizo nada que no fuera honrado. Que educó al hijo con más ejemplos que palabras.

Inmóvil en la habitación, aspira su olor. Desde hace mucho es seco, masculino. Distinto del que tanto añora: aroma de cuerpecito menudo en pijama, olorcillo a carne tibia, casi a fiebre. A bebé y niño pequeño, que con el tiempo se desvanece y no regresa nunca. El crío que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, después de una pesadilla, para refugiarse a su lado, entre las sábanas. Quizá algún día recupere ese olor con un nieto, o una nieta. Con otro cuerpecito al que estrechar entre los brazos. Ojalá no esté demasiado mayor para entonces, piensa. Que aún tenga fuerza y salud para ocuparse de él, o de ella. Para disfrutarlos.

Libros. Hay muchos en la habitación, y jalonan veinticinco años de una vida. Infantiles, aventuras, viajes, textos escolares, materias universitarias, novela, ensayo, arte, historia. Desde niño, leyéndole cuentos e historietas, orientándolo con cautela, ella fue transmitiéndole el amor por la palabra escrita. La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas de lectura y templados en la imaginación. La intensidad de una mirada joven que explora el mundo en el descubrimiento de sí misma. Estos libros llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro. A estudiar una carrera bella y poco práctica, relacionada con la lengua, el pasado, el arte y la historia. A licenciarse en sueños maravillosos. En cultura y memoria.

Ahora ella, inquieta, se pregunta si hizo bien. Si la lucidez que estos libros dieron a su hijo no sirve más bien para atormentarlo. Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado. Cuando lo ve teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la que soñó. Cuando lo ve callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales. Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que libros y juventud anunciaban gozosos. Cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, injusto, estancado en sí mismo. De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza. Pese a todo, su hijo aguantó hasta el final. Fue de los pocos: acabó los estudios. Licenciado en tal o cual. Un título. Una expectativa fugaz. Luego vino el choque con la realidad. La ausencia absoluta de oportunidades. El peregrinaje agotador en busca de trabajo. Los cientos de currículum enviados, el esfuerzo continuo e inútil. Y al fin, la resignación inevitable. El silencio. Tantas horas, días, años, de esfuerzo sin sentido. La urgencia de aferrarse a cualquier cosa. Hace una semana, cuando llenaba el formulario para solicitar un trabajo de dependiente en una tienda de ropa de marca, el consejo desolador de un amigo: «No pongas que tienes título universitario. Nadie emplea a gente que pueda causarle problemas».

Tocando los libros en sus estantes, la madre se pregunta si fue ella quien se equivocó. Si no tendría razón su marido al sostener que no está el mundo para chicos con sueños en la cabeza y libros bajo el brazo. Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable. Expuesto a la infelicidad, la barbarie, el frío intenso que hace afuera. Es entonces cuando, abriendo un libro al azar, encuentra unas líneas subrayadas -a lápiz y no con bolígrafo ni marcador, ella siempre insistió en eso desde que él era pequeño-: «En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir».

Se queda un instante con el libro abierto, pensativa. Releyendo esas líneas. Después lo cierra despacio, devolviéndolo a su lugar. Y sonríe mientras lo hace. Una sonrisa pensativa. Dulce. Tal vez no se equivocó por completo, concluye. O no tanto como cree. Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo. Quizá mereció la pena."

 

Buen fin de semana. En este momento, después de releer el artículo, me llueven los ojos, pero fuera parece que quiere asomar algún rayito de sol.

 

Tags: cosas mias

servido por elpatiodemicasa 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

mixcelaneas

mixcelaneas dijo

También lo leo y me llueven los ojos...

Buen finde!

2 Octubre 2009 | 12:39 PM

bruxana

bruxana dijo

Hola Ma.:))
Compartimos la relación amor-odio hacia los escritos de Pérez Reverte (y es que soy de las que ha "devorado" casi todos sus libros... y que pocas veces se ha aburrido más leyendo que con la supuesta "obra cumbre" 'El pintor de batallas')
Este artículo-cuento... es una maravilla.

Besos. Con kleenex, si hace falta ponerlos. Aunque en época de sequía también las lágrimas pueden salvar una planta y hacer que florezca... Y no estoy pensando, precisamente, en sequía climática...
:))

2 Octubre 2009 | 11:57 PM

solounpoco

solounpoco dijo

Yo recorté este artículo de la revista para guardarlo porque a veces me veo identificado en él.

Reverte como articulista no tiene precio. Sus artículos están recopilados en varios libros de bolsillo. Yo los recomiendo.

Besos

6 Octubre 2009 | 12:25 AM

krazu

krazu dijo

Qué duro es escuchar eso de "estudiar una carrera bella y poco práctica". No cabe duda de que estamos pasando por una época en la que la mayoría hemos perdido el rumbo. No sé, pero soy optimista; algún día la cabeza alcanzará a los pies y algo bueno saldrá de tanta "revolución tecnológica". Me encantó la lectura. Saludos.

8 Octubre 2009 | 03:57 AM

Sonia

Sonia dijo

A mi también me ha emocionado el artículo... creo que nunca seremos tan vulnerables como lo somos ante los problemas y el dolor de un hijo, no? Suponiendo cómo se siente esa madre ante los problemas de su hijo se me encoje el corazón.

10 Octubre 2009 | 11:32 PM

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Sobre mí

Soy mujer, también hembra, según el DRAE, y tengo algún año mas que Jesucristo, al menos según la versión oficial. Esto intenta ser sólo una especie de diario, o algo así, sobre cosas que me pasan por la cabeza. Aunque no es mi verdadero nombre, puedes llamarme Rose. ¿Recuerdas "Las chicas de oro"?. Pues eso. Yo, como Rose... Los preciosos labios de la foto... no son los míos.

A ratitos,

cuando la vida me lo permite,

estoy leyendo...

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