"Era el otoño de 2001. Estaba sentado a la sombra de una cabaña de uno de los campos de refugiados que rodean la ciudad de Kuito, en Angola. Hacía varios días que me encontraba en esta antigua ciudad colonial que en otros tiempos, dicen, fue hermosa, aunque yo sólo la he conocido como un inmenso campo de ruinas. La noche anterior había estado fotografiando en el hospital la intervención quirúrgica de una niña pequeña, de apenas cinco años, que había sido herida por una mina mientras jugaba junto a su casa; una de esas minas trampa que los niños confunden con un juguete porque han sido diseñadas para que así sea. El cirujano tardó cinco horas en sacarle la metralla que le había perforado los intestinos y, mientras atendía a la niña, una chica de dieciséis años embarazada pereció de una peritonitis en el pasillo, frente a la puerta del quirófano. No había ningún otro médico que pudiera atenderla y yo sólo pude estrechar su mano entre las mías para acompañarla en su última despedida. Recuerdo que al empezar su agonía el sol del ocaso entraba por una de las ventanas iluminando la camilla, y que cuando la enfermera acudió para cubrirle la cara con una sábana y colgarle una etiqueta en el dedo pulgar del pie, ya sólo nos iluminaba una bombilla de sesenta vatios. Se fue como cae la tarde.

No es algo que se pueda olvidar fácilmente.

A la mañana siguiente quería volver al hospital para retratar más heridos de mina, pero aquella adolescente embarazada seguía persiguiéndome. Así que decidí parar. Dejar a un lado la cámara fotográfica. Sentarme a la sombra de una cabaña y descansar. Entonces fue cuando la vi. Estaba sentada en el suelo, protegiéndose de la arena blanca con una tela roja. Quizás no tendría más de quince años. Sostenía a su bebé en brazos. Jugaba con él. Reía con él. Se lo comía a besos, completamente ausente al horizonte de seres hambrientos que deambulaban a su alrededor entre el humo espeso de las fogatas donde se cocinaba sopa de hierbas en cuencos fabricados con latas de conservas.

Pensé: no hay nada ni nadie que puede jamás privar a un ser humano de su fuerza interior. Siempre podrás encontrar dentro de ti un atisbo de humanidad y de belleza a la que agarrarte. La relación entre una madre y su hijo pertenece a este universo inmaterial, privado e íntimo capaz de sobrevivir a cualquier situación por muy mal que se pongan las cosas.

Saqué la cámara y enfoqué la escena."

 

Así comienza Bru Rovira la presentación de su libro "Maternidades", y esta preciosa foto (tan mal escaneada por mí) es la que refleja el instante que cita. Con ella comenzó una serie de fotografías realizadas en distintos continentes que llamó así, Maternidades, y que publicó por primera vez en La Vanguardia. Una maestra de un pequeño pueblo de Cataluña las quiso exponer en su escuela, y poco a poco esta serie de  fotografías comenzó a viajar también a otras escuelas, de manera que los niños de aquí pudieron acercarse a la realidad de los de allí, y a su vez enriquecieron este trabajo con sus comentarios y con los sentimientos que estas fotografías les provocaron.

  

"Alguna vez me ha tocado asistir a una escuela para hablar con los niños y es curioso cómo me ha ayudado su mirada, también a mí, a ver cosas que nunca hubiera imaginado. Hay una foto, la de un bebé ruandés que viaja a la espalda de su madre, que la hice tratando de reflejar el genocidio, la huida, el hecho dramático de haber nacido en una carretera y caminar sin hogar adosado a mamá. Los niños, sin embargo, interpretan esta foto como algo agradable. Les parece maravilloso estar acunado todo el día a la espalda de mamá, sentir ese contacto físico que, quizás, ellos desean mucho más que el que reciben. "¡Qué bien!" exclaman cuando se fijan en ese niño. Pero no se trata de ninguna paradoja: nuestra vida confortable, sin problemas materiales, no es ninguna garantía de que tengamos el afecto resuelto; de que gocemos de tanto amor como a los niños de aquí les parece que recibe el niño ruandés. Sentirse querido. Poder amar. A veces sólo los niños son capaces de expresar la esencia de las cosas. Para bien. Y para mal. Aquí y en cualquier parte del mundo."

Cada vez que releo este libro, y que remiro estas fotografías, no puedo evitar llorar a moco tendido, por razones obvias para cualquier madre, y también para muchos padres. Os recomiendo que, si podéis conseguirlo, en vuestra librería, en vuestra biblioteca, no dejéis de echarle un vistazo. Y sacad vuestras propias conclusiones...

 

Maternidades

Bru Rovira

Editorial GRAÓ

Nota:   No, hoy no estoy bailando con el lenguaje, no me patina la lengua ni los dedos sobre el teclado. El título del post es una frase extraída del libro...