Límites propios, ajenos, y castigos físicos
Ya desde antes de que naciese Rn., he leído mucho y muy diverso sobre maltrato y castigos físicos a los niños. En el blog de la psicóloga Violeta Alcocer me he encontrado varios artículos, de lo más esclarecedor, dedicados a este tema. En concreto, el publicado el día 16 de enero, bajo el título "Cachetes, azotes y demás castigos físicos. Parte IV", me ha removido especialmente. Lo copio aquí, para compartirlo, y para releerlo si en algún momento me entran ganas de zarandear, abofetear, o siquiera amenazar a mis hijos, a fin de recordarme a mí misma que mi casilla límite puede parecerme mil veces mejor que la de mi vecino de arriba, pero quizá a mi vecino de abajo mi casilla límite le parezca sencillamente despreciable.
"La familia que maltrata.
Cuando uno habla de maltrato, en seguida le viene a la mente la imagen de una familia marginal o desestructurada, de pobre cultura y recursos. Uno no puede comprender cómo, si uno es amoroso hasta el extremo, si siente y practica la empatía con sus hijos diariamente, si les colma de abrazos y besos, puede ser etiquetado como maltratador simplemente porque de vez en cuando ha dado un azote o un manotazo leves y sin mayores consecuencias.
Y es que las palabras maltrato infantil nos quedan muy lejos (las escuchamos en la radio o en telediario, leemos en los periódicos y escuchamos las tertulias) y, por tanto, es posible que en ningún momento nos hayamos cuestionado la bondad o no de nuestros actos respecto a nuestros propios hijos, ni la de nuestros padres hacia nosotros mismos o nuestros hermanos.
¿Por qué es invisible?
En la mayoría de los casos, quien castiga de esta forma o trata de esta forma a sus hijos, aunque lo haga eventualmente, lo hace porque cree que está educando, por el bien de sus hijos y para imponer una disciplina (o límites) en la familia. Normalmente , en el sistema de creencias de la persona que agita habitualmente o pega unos azotes su hijo, el abuso no es abuso, sino un acto justificable o necesario.
La mayoría de las personas no creen que hayan sido maltratados por sus padres de ningún modo, sino que creen que sus padres les educaron de la mejor manera para ellos y que querían lo mejor para ellos: esto se debe a un proceso natural de adaptación a esa realidad en la que el niño, en ausencia de otros recursos, solo puede optar por identificarse con el agresor, en este caso sus progenitores. Más adelante veremos el por qué de todo esto.
Reconocer que nuestros padres y madres han podido ejercer violencia, aunque solo sea leve, hacia nosotros, es quizá lo más difícil de hacer en esta reflexión y una de las mayores dificultades que nos vamos a encontrar en nuestro camino para el cambio.
Por otro lado, la mayoría de niños y niñas que están recibiendo este tipo de castigos, aunque sean de la misma o mayor magnitud que los que nosotros recibimos cuando eramos niños, tampoco lo están percibiendo como violencia ni se rebelan contra ella: lo asumen como algo normal en su vida y en sus relaciones.
De este modo, se establece la relación entre violencia y amor (es decir la violencia que proviene de aquellos que te aman y a quienes amas), que parece algo de lo más natural en todas las sociedades y sobre lo que volveremos más adelante.
Un último condicionante de la "invisibilidad" es el hecho de que este tipo de conductas tengan lugar en el seno familiar. Puede que nosotros no ejerzamos este tipo de violencia.. pero ¿y nuestro hermano, nuestro primo, nuestros suegros o cuñados? Denunciar o señalar estas conductas en los demás miembros de la familia es realmente complicado por las consecuencias e implicaciones que tendría, lo que hace todavía más invisible y toleradas estas conductas dentro del ámbito familiar.
Por eso decimos que la violencia de este tipo, tenga la magnitud que tenga, siempre resulta invisible a ojos del que la padece y a ojos del que la ejerce. Por eso, en sus manifestaciones más leves (por ser las más extendidas y haber sido padecidas por tantas personas) también es invisible.
El continuo paterno
En una investigación llevada a cabo por Enrique Gracia (Universidad de Valencia, 1995) llevada a cabo sobre aquellos casos que fueron descartados por los servicios sociales como "no suficiemente serios" y por tanto no fueron abordados como maltrato, se vislumbra claramente que existe un continuo en la conducta paterna, con un curso más o menos predecible que va desde el castigo más leve hasta las interacciones más serias con el paso del tiempo y en ausencia de una intervención o unos sistemas de compensación adecuados. El estudio muestra que el maltrato infantil potencial es visible antes de que alcance estadíos graves y por tanto es el momento en que tienen lugar las conductas "leves" el más adecuado para su prevención y reparación.
Este estudio y otros similares, sugieren con fuerza la existencia de un continuo en la paternidad, una especie de camino en orden ascendente en el que podemos encontrar todo tipo de conductas que van desde las más amorosas hasta el maltrato más severo.
Casi todos nosotros funcionamos en un tipo de conducta "base" respecto a nuestros hijos. Pero a medida que los estresares se incrementan, vamos "saltando" de una casilla a otra de este continuo. La escalada suele ser gradual, pero a veces pasamos directamente a la casilla "limite" para nosotros.
Esa casilla "limite" es la conducta de la cual consideramos que no podemos pasar por diferentes motivos, nuestro extremo disciplinario.
Es muy importante señalar que cada uno de nosotros ve en la casilla que sigue a nuestra casilla "limite" un tipo de conducta reprobable. Por ejemplo, "yo doy azotes pero no doy patadas porque me parecen algo muy fuerte y humillante, pienso que el que llega a la patada es porque está fuera de control". O "yo nunca he dado azotes ni cachetes, pero sí he zarandeado con fuerza a mi hija cuando me ha sacado de mis casillas"
Merece la pena darse cuenta de que las personas que tienen su limite en la casilla previa a la nuestra, consideran nuestra conducta de la misma manera que nosotros la conducta del que va por delante en la violencia.
También es importante observar que el continuo está formulado en términos de intensidad física del castigo, pero que no podemos olvidar que los daños emocionales y la vivencia de humillación del niño puede tener exactamente la misma intensidad en la casilla cuatro que en la siete (según veremos más adelante, varios estudios constatan este hecho empíricamente).
Y por último, no podemos pasar por alto el hecho de que la intensidad física del castigo no siempre es proporcional a la intensidad del daño recibido: por ejemplo, cualquier pediatra puede afirmar sin ninguna duda que agitar a los niños menores de tres años (o tirarles bruscamente del brazo, zarandearles o empujarles) puede provocar lesiones cerebrales irreparables: el peso de la cabeza del niño corresponde a un 10% del peso total de su cuerpo; la falta de tono muscular en el cuello (que no se consigue hasta los dos-tres años) ante cualquier tipo de movimiento brusco provoca que la masa encefálica del niño choque literalmente contra la pared craneana. Este movimiento puede producir lesiones de la masa cerebral así como desgarros en los vasos sanguineos, hemorragias, etc.. es cuestión de suerte.
¿Por qué saltamos de casilla?
En el ciclo vital de una familia, con la llegada de los hijos, tienen lugar una serie de cambios estructurales que implican nuevos modos de funcionamiento, por lo general más complejos cada vez y que generan diversos momentos de crisis. Es en esos momentos de crisis en los que los miembros de la pareja no encuentran recursos individuales o familiares para mantener "el orden" familiar y recurren, casi siempre sin una estrategia previa sino de forma impulsiva, al castigo para imponer una disciplina y para sentir que controlan una situación que no pueden controlar de otra manera en ese momento.
Como el castigo físico y humillante es paralizante, ejerce un control momentaneo sobre la conducta del niño lo cual los padres consideran como un éxito de su técnica. Esta sensación de control y eficacia aumenta la probabilidad de volver a usar estos métodos y su uso continuado da lugar a la cronicidad y al uso habitual de los mismos.
Y al mismo tiempo, la cronicidad y el uso habitual de los mismos favorecen una mayor escalada en el continuo. Muchos padres comienzan con azotes esporádicos cuando el niño tiene dos o tres años y terminan usando formas más fuertes de violencia unos años más tarde.
Es muy probable que si los padres se hacen conscientes de esas situaciones críticas y de las situaciones que van a tener que enfrentar, si pueden hablar entre ellos de antemano de cómo se van a abordar determinadas situaciones (qué tipo de negociaciones van a llevar a cabo, por ejemplo) , no se llegue a la "escalada" en el continuo sino que se puedan mantener en la casilla donde ellos realmente están más a gusto y donde realmente controlan la situación.
La violencia y la escalada de violencia son el resultado de las estrategias de control negativas e inapropiadas con los hijos. De ahí que algunas formas de maltrato infantil puedan entenderse como el extremo al que un padre o madre pueden llegar en la disciplina que emplean con sus hijos.
Las repercusiones de esta conducta están fuera de nuestro control
Nosotros ponemos la semilla de la violencia, pero no sabemos cuánto va a crecer. Nos es imposible controlarlo porque no podemos saber qué tipo de vida van a tener nuestros hijos, si les va a ir bien, mal o regular, que experiencias más o menos traumaticas les esperan o cómo la vida y las influencias laborales, sociales, económicas.. van a ir moldeando su carácter según su personalidad y su capacidad individual de sobreponerse a los avatares vitales. Quizá nosotros fuimos abofeteados por nuestros padres pero logramos tener un cierto control sobre nuestra vida y nuestras emociones... quizá nosotros hemos conseguido mantenernos en el mismo patrón de violencia que usaron con nosotros. Pero no sabemos, no podemos saber, qué harán nuestros hijos. Si se quedarán en el cachete, el empujón... o si, llevados por sus circunstancias vitales particulares, engrosarán las listas de padres que apalizan a sus hijos. Me pregunto si es eso lo que queremos para ellos y para nosotros."
Buen martes. Por aquí, sol y fríiiiio....





koldo dijo
muy interesante, ya lo creo.
yo intento educar desde la motivación de lo positivo (mucha supernanny), pero a veces meto la pata y reprimo lo negativo, y eso siendo una persona pacifista, tranquila y con formación.
así que imagino lo fácil que es caer en esa violencia (de todo tipo) teniendo manos consciencia.
17 Febrero 2009 | 01:26 PM