El niño que se creyó invisible porque el espejo se había dormido
Hace no demasiado, Rn. observaba atentamente la foto de portada del periódico que Ro. había dejado encima de la mesa del salón. En ella, tres jóvenes lloraban por el asesinato de su madre. Una bomba la había matado en Gaza. No es difícil imaginar que en sus caras se reflejaba perfectamente el dolor, el terror, la desesperación...
Rn: Ama ¿por qué lloran?
Yo: Porque se ha muerto su madre, Rn.
Rn: ¿¡Se ha muerto!? ¿Y por qué se ha muerto?
Yo: Porque la ha matado una bomba. Viven en un país que está en guerra, Rn. Una guerra es cuando unos señores no se han puesto de acuerdo en algo, y en vez de solucionarlo hablando, han preferido usar armas, como pistolas, y metralletas, y bombas, para hacerse daño. Unos querían una cosa, y los otros también querían la misma cosa, y en vez de hablar para ponerse de acuerdo o para compartirla, han hecho una guerra y están usando pistolas y bombas. Pero así no se soluciona nada, y además se mata a las personas. Como a la madre de estos chicos. Han tirado una bomba, y la han matado.
Rn: Y ahora ya no tienen madre. ¡Y están muy tristes, mira! ¡Lloran!
Yo: Claro, Rn., las guerras hacen que mucha gente esté muy triste.
Rn: Ya....
Vale, quizá no es la mejor explicación, pero me resulta muy duro y muy difícil tratar de explicarle a mi hijo algo que a mí misma me resulta inexplicable.
Aunque ya no ha vuelto a ver aquella foto, me ha vuelto a preguntar por ella en varias ocasiones más. "¿Ama, por qué lloraban los chicos de la foto del periódico?" "¿Ama, y por qué han hecho una guerra?".
Una compañera de trabajo me ha traído un cuento sobre la guerra. La primera vez que lo he leído, me ha parecido una historia un poco absurda, pero claro, es que la guerra es así, absurda. El cuento se titula "El niño que se creyó invisible porque el espejo se había dormido", y está editado por Unicef y por "alimentosRAMparacuidartemejor", parece que en el 99, osea que supongo que no será fácil de encontrar. Os lo pongo aquí, incluidas las ilustraciones, porque me han parecido geniales...








"Una mañana, Nicolás se levantó como todos los días. Se lavó la cara y bajó a desayunar. Su madre le había dejado un vaso de leche sobre la mesa.
A Nicolás le pareció que la leche brillaba de un modo especial. Nunca antes había visto algo así. Parecía que estaba hecha de estrellas.
Pensó que era producto de su imaginación.
Nicolás se bebió la leche y subió a toda prisa vestirse porque si no llegaría tarde al colegio.
Cuando entró en el baño para peinarse, se miró en el espejo, pero no vio nada, o mejor dicho, no se vio. En el espejo se reflejaban todas las cosas menos él.
-¡Menuda mañana! Ahora sí que voy a llegar tarde al colegio.-pensó Nicolás.
Se frotó los ojos. Volvió a mirarse al espejo y ¡nada! que no estaba.
"¿Se lo había comido el espejo?". Bajó corriendo al salón y se miró en el espejo grande de encima de la chimenea. Pues tampoco se veía ahí. Habló en alto y se oyó.
-¡Menos mal!-se dijo. No he dejado de existir. Sólo me he vuelto invisible. ¡Cómo se va a poner mi madre! Bueno pues voy al colegio y se lo cuento a la profe. Ella es muy lista y me dirá que tengo que hacer.
Al salir a la calle oyó.
-¡Buenos días, Nicolás!
Pero no había nadie.
-¿Quién me ve? - gritó Nicolás.
_Pues yo, pero ¿por qué no te iba a ver? - respondió el sauce del jardín.
-Porque los espejos no me ven. Pero... ¡un momento! los sauces no pueden hablar...
-Pues yo te estoy hablando...
-Ya, ya veo... ¡Qué día más raro...!
-O que día más normal... ¿no crees? - siguió diciendo el sauce.
Nicolás, pensativo y un poco asustado se alejó sin responder al sauce.
En el camino hacia el colegio todos le saludaban, los bancos, las palomas, las papeleras, el buzón de correos, incluso el viejo semáforo le guiñó un ojo.
Nicolás no sabía lo que estaba pasando.
Todo parecía haber cambiado.
Cuando por fin llegó a la escuela se lo encontró vacía.
No había nadie.
Y parecía que no había habido nadie en mucho tiempo.
El polvo cubría todos los muebles. Las telas de araña se extendían por todas partes, los libros estaban llenos de moho, las paredes cubiertas de salvajes enredaderas...
-¡Pero bueno...! ¿Dónde están todos? - se dijo Nicolás.
De repente, se dio cuenta de que en su camino al colegio no había visto a nadie. Estaba tan extrañado de que todos los árboles, todos los edificios, piedras y demás objetos del pueblo le saludaran, que no se había parado a pensar que no había visto una sola persona en todo el día.
Salió del colegio y se puso a buscar. No había rastro.
Una lágrima salió rodando por su mejilla cuando pensó en sus padres.
De pronto un caracol le dijo:
-Se han ido todos.
-¿Cómo? ¿A dónde? - preguntó Nicolás.
-¿No te has enterado? - dijo el caracol.
-¿Enterarme de qué? - dijo Nicolás.
El caracol le explicó que, con la guerra, todos habían desaparecido.
-¿Qué guerra? -dijo Nicolás - Ayer no había guerra.
-Ayer fue hace mucho tiempo, Nicolás... han pasado tantas cosas... todo ha perdido su significado. La guerra es algo tan absurdo que ha hecho que nada tenga razón de ser.
No hay escuela porque no hay niños.- continuó el caracol.
El semáforo no tiene a quien darle paso. El buzón ya no tiene cartas que recoger. Ni el banco quien se siente en él. Y tú Nicolás, no es que seas invisible, es sólo que el espejo, como ya no tiene quien se mire en él, se habrá quedado dormido y por eso no te has visto.
-Pero.. ¿cómo empezó todo esto?
-Si quieres venir conmigo, te lo mostraré. Pero antes, tómate este vaso de leche.
Y el caracol le ofreció un vaso de leche igual al que se había tomado por la mañana, igual de brillante.
A Nicolás volvió a parecerle que era como leche de estrellas y sintió como un cosquilleo.
Cuando se lo terminó se dio cuenta de que estaba en otro lugar.
Bueno en realidad era el mismo, pero había gente. Había hombres, mujeres y niños...muchos niños.
Eso es lo que lo hacía diferente.
Y otro detalle más: Había soldados y tanques. Había armas por todos lados.
La gente parecía asustada. Se movían con rapidez.
Nadie se paraba mucho tiempo en el mismo sitio.
Los niños llevaban cascos, igual que los hombres. Las mujeres y los hombres llevaban ametralladoras.
Nicolás no entendía nada. El caracol le dijo:
-Así es la guerra, Nicolás.
-Pero yo quiero saber cómo empezó todo, caracol muéstramelo -insistió Nicolás.
El caracol volvió a servirle otro vaso de leche de estrellas.
Y Nicolás se la bebió.
De repente, Nicolás volvió a sentir que estaba en otro lugar.
Pero realmente estaba en el mismo sitio donde había estado siempre.
El vaso de leche de estrellas sólo se había transportado en el tiempo y esta vez le había llevado a cuando no había guerra.
Nicolás estaba inquieto por saber qué podía haber pasado.
El caracol percibió su nerviosismo y le dijo:
-Mira al sol, Nicolás.
Y Nicolás miró al sol. Pero sólo vio eso. El sol.
-¿Y? - dijo Nicolás.
-¿No notas nada raro? - preguntó el caracol.
-No. Es el sol - dijo Nicolás, ya un poco enfadado, porque creía que el caracol le tomaba el pelo.
-A ver, Nicolás ,¿qué hora es?
-Pues, las 10 de la mañana.
-¿Y dónde está el sol?
-En el cielo, caracol, ¿dónde va estar si no?
-A ver Nicolás, recuerda que el sol siempre sale por el Este, por allí, por detrás de la montaña y se pone por el Oeste, que es justo detrás del río.
-¿Y qué...? - volvió a preguntar Nicolás.
-Pues que son las 10 de la mañana y el sol está detrás del río, cuando debería estar detrás de la montaña.
-Y... ¿por qué? - volvió a preguntar Nicolás.
-Un buen día, el sol decidió que estaba cansado de salir y meterse siempre por el mismo sitio y cambió su recorrido. Lo empezó a hacer al revés. Salía por el Oeste, por el río, y se ponía por el Este, por detrás de la montaña.
La gente no lo entendió.
Y se empezaron a acusar unos a otros de que habían movido el sol de sitio.
El odio de la gente empezó a crecer. Y estalló la guerra. El hecho de que el sol no estuviera en su sitio era algo que se les escapaba del entendimiento. Y como no podían entenderlo, se enfadaban La culpa era de cualquiera que se pusiera delante, daba igual.
Todos querían acabar con todos. Y al final, lo consiguieron.
-¿Y ya está? ¿Eso es todo? - preguntó Nicolás.
-Eso es todo - contestó el caracol.
-Pues vaya tontería... ¿y todas las guerras son iguales? - volvió a preguntar Nicolás.
-Más o menos, Nicolás - dijo el caracol.
Los motivos, al final no importan, ya que suelen ser incomprensibles. Se escapan a la razón.
-Entonces ¿por que existen?
-A eso no te puedo responder, Nicolás. Pero estaría bien un mundo sin guerras, ¿verdad?
-Ya lo creo, caracol.
Nicolás se quedó pensativo mirando al sol. Qué más daría que saliera por un lado que por otro. Era el sol y ya está. Una guerra por eso... ¡qué tontería!
Nicolás estaba confuso. El creía que los mayores siempre tenían razón, que para eso eran mayores, pero ahora se daba cuenta de que no siempre era así.
Después de un largo silencio, Nicolás se dirigió al caracol:
-Caracol ¿podemos cambiar el final?
-Podemos, Nicolás. Bébete este último vaso de leche de estrellas y piensa en cómo te gustaría que fuera el mundo en que vivimos.
Y Nicolás así lo hizo."
Y me quedo con uno de los párrafos de la contraportada: "Mientras siga habiendo guerras, hagamos por lo menos una cosa. No involucrar a los niños en ellas".
Ya he dicho en alguna ocasión que a Ro. y a mí no nos gustan las armas de juguete. A Rn. le hemos explicado en más de una ocasión los motivos por los que nos gustan. Y se los seguiremos explicando. Hace unos días leí en el blog de la psicóloga Violeta Alcocer un estupendo artículo al respecto. Os dejo únicamente el último párrafo, pero el artículo completo es muy interesante, así como el resto de su blog.
"Seamos conscientes de lo que representan los juegos de guerra de nuestros hijos y, por lo menos, mantengamos cierta dignidad.
¿Que tu hijo quiere una pistola? Vale, hagámosla juntos, pensemos qué tipo de agresiones necesita expresar a través de ella, a quién quiere hacer desaparecer en su fantasía y de qué forma. Demos rienda suelta a la fantasía, al rayo verde de moco tóxico, a la disparadora de pedos cósmicos, al láser que hace crecer pelos, a la bala que te mata de risa. Y juntemos materiales, reciclemos, peguemos, recortemos , pintemos juntos y ayudemos a nuestro hijo a representar su agresión de forma única y personal. Ayudémosle a pensar en la violencia que vive y con un poco de suerte, algún día no necesitará actuarla."
Me ha hecho sonreír, porque he recordado aquella vez en que mi sobrino, que por aquel entonces tendría unos tres años, se quedó a dormir en mi casa, y por la mañana se fabricó una pistola mordisqueando la tostada del desayuno... ¿Violencia? No sé. Desde luego, imaginación... y recursos...
Buen y pacífico día.





Io dijo
Me ha gustado mucho el cuento. Con palabras sencillas y claras el caracol expresa una desolación tremenda. Y el motivo de la guerra me parece muy acertado, precisamente por lo absurdo que es. Quien ha movido el sol es tan risible como masacrar por un trozo de tierra, por riquezas, por adorar al mismo dios con nombres diferentes.
Me parece muy responsable por vuestra parte excluir las armas de los juegos de Rn. Y el párrafo que mencionas lo expone muy bien. La violencia nunca es necesaria, nunca. Si tenemos una capacidad de raciocinio, si tenemos la facultad de hablar ha de ser para poder entendernos. Para tirar una bomba no hace falta ni tener cerebro. Tan sólo un dedo con el que apretar un botón. Podría hacerlo un chimpancé.
Me acuerdo mucho de vosotros ahora que estoy viendo noticias sobre el desbordamiento de los ríos. Confío en que no os veáis perjudicados por esto.
Mil besos!
13 Febrero 2009 | 12:16 PM