Deudas y terapia
Si tuviese que decir que es lo que menos me gusta de mi trabajo no lo dudaría ni un segundo: Reclamar dinero. Tener que perseguir a quienes no pagan lo que compran es algo que casi, casi, detesto. Y no sólo por el hecho en sí de tener que pedir lo que obviamente no debería, sino por la cantidad de excusas estúpidas que me pueden llegar a dar, y por la cantidad de impresentables que me puedo llegar a encontrar. Cuando llevas un tiempo dedicándote a esto, enseguida sabes quién no te paga porque está pasando una mala racha o porque alguno de sus clientes le ha hecho una p*t*ada, y quién no te paga porque no sabe administrarse, gasta más de lo que gana, o simplemente no le preocupa tener deudas. Además, desde que se pueden identificar las llamadas, es increíble la cantidad de personas que no me cogen el teléfono cuando saben que voy a exigirles dinero. Les imagino mirando el móvil "Uyssss... otra vez Ma. ¡qué pedorra / pesada / plasta!" para seguidamente dejarlo sonar como si llamada no fuese con ellos. A menudo, cuando no contestan a mis llamadas, pido a alguno de los comerciales de la empresa que me preste su móvil, cuyo número probablemente el cliente en cuestión no conozca (a no ser que sea el comercial que le visita), y entonces, cuando sí se digna a descolgar porque no llamo desde el número habitual, me hago la tonta. "Vaya, ya me ha costado localizarte, ya... Llevo tooooooda la mañana llamáaaandote". Y aún así, siempre se sacan alguna excusa de la manga para no haber atendido mis anteriores llamadas...
Antes me mosqueaba muchísimo con estas cosas. Cada vez que pasaba un rato dedicada a los impagos, notaba como me iba enfadando por momentos, se me aceleraba el pulso, y hasta me subía la tensión... Cuando fumaba, telefonear a un moroso y encender un cigarrillo eran dos acciones que iban siempre de la mano. Supongo que el cigarrillo me daba una cierta seguridad, o tranquilidad, no sé... Esto se jodió acabó cuando dejé de fumar. Pero con el tiempo, y por casualidad, descubrí que podía manejar esta parte de mi trabajo de tal manera que incluso tuviese un cierto efecto terapeútico. Sí, sí. Si por cualquier otro motivo me encontraba alterada (y cuando se trabaja, aunque sea mínimamente, cara al público, esto sucede a menudo, al menos en mi gremio), llamar a las personas que deben dinero me relajaba tremendamente. Es como si descargase mi tensión y mi agresividad en algo que en realidad no me gusta demasiado hacer, y me librase de dos problemas de golpe. Poco a poco he ido dándome cuenta de que cuando estoy enfadada y/o alterada e invierto la mala leche cantándole las cuarenta (es un decir) a los deudores, consigo por una parte aligerar el enfado y por otra imponerme más a la hora de cobrar... Quizá sea el tono de voz, quizá la ausencia de sonrisa...
Y así fue como desarrollé otra de mis técnicas de autodefensa. Ahora, cuando algo me altera, me enfada, o me provoca ansiedad mientras trabajo, agarro la carpeta de impagados y descuelgo el teléfono "Voy a llamar a Fulano, que dijo que pagaba el martes, pero lo que no dijo es de qué semana..." o "Hala, a por Mengano, a ver qué milonga me cuenta esta vez"....
Lo malo es que con la dichosa crisis, se está dando tal cantidad de impagos, que durante el día no me da tiempo a acumular el mal humorcillo suficiente para invertir en reclamarlos todos... Cachissssss.....
Buen día. Por entre las legañas de mis pestañas atisbo unos leves rayitos de sol. A ver si dura...






cuartosinascensor dijo
El trabajo cara al público es tremendo, durante siete años trabajé en una tienda y estaba amargada por que tenía que aguantar a cada tont@.
Ahora cuando algún cliente se pone pesado,le pongo a parir aparte y me quedó tan pancha.
Ay, cuando nos tocará la lotería ; ))
3 Febrero 2009 | 10:52 AM