Aprendí a escribir a máquina hace casi veinte años (ufffff…. eso me ha sonado fatal, fatal..), con una Olivetti Linea 98 . Me enseñaron las monjitas del colegio Maria Inmaculada de Bilbao. Ha sido la única vez en mi vida que he asistido a un colegio religioso, pero el curso era muchísimo más económico que en una academia, mi economía juvenil no era demasiado boyante, y el título era tan oficial como el que más, así que… con las monjitas. Por aquella época se utilizaba en las academias el método audiovisual, pero las monjas no, de eso nada, ni cascos, ni pantallas… allí se aprendía como dios manda, copiando textos fotocopiados de un libro…. concretamente, de El Quijote. Las primeras clases fueron de traca. Es una pena no haber conservado mis primeros escritos. Eran de lo más divertido.

aaa ñññ aaa ñññ aaa ñññ

sss lll sss lll sss lll

ddd kkk ddd kkk ddd kkk

Luego la cosa se iba animando

asd ñlk asd ñlk asd ñlk

asdfg ñlkjh asdfg ñlkjh asdfg ñlkjh

Recuerdo que lo primero que tuve que hacer fue cortarme mis por aquel entonces larguísimas y cuidadísimas uñas, ya que entre lo duras que estaban las teclas, y la poca fuerza que tenían mis dedos, tanto uñas como dedos pasaban más tiempo en el espacio interteclas que realmente tecleando…. Una vez dominadas todas las posiciones de las letras y adquirida cierta fuerza en los dedos (hay que ver que atrofiado que traemos el meñique de fábrica), nos sumergimos en los apasionantes textos de El Quijote. Las clases eran de seis a ocho de la tarde, una hora de taquigrafía (hoy totalmente olvidada) y otra de mecanografía. De siete a ocho de la tarde, para una chica de dieciocho años con las hormonas totalmente alteradas, no puede haber nada más soporífero que mecanografiar a Cervantes… Así que le pedimos a la monja, que era un encanto, poder llevar nuestros propios textos para copiar, y ella accedió. Atención, mujeres ¿quién de vosotras no ha leído alguna vez, en su adolescencia, el Nuevo Vale o el Super Pop? Pues eso, que la clase de mecanografía se llenó de revistillas de ese tipo. Como recordaréis, aquellas revistas no tenían desperdicio: Consultorios sentimentales, consejos de belleza, consejos para enamorar al novio de tu mejor amiga, o a tu mejor amigo, o para dejar al plasta de tu actual novio, o para ser la reina de la próxima fiesta, o para que tu flequillo no se rizase, historias erótico-festivas que hoy nos parecerían de lo más puritanas… Cada vez que pienso en la sor paseando entre pasillos mientras echaba ojeadas a nuestros avances… no puedo evitar una sonrisa al pensar en lo mucho que se tenía que reír… pero nunca dijo nada, nos dejó seguir haciendo.

Uno de los mejores recuerdos que guardo de aquella época era el café que nos tomábamos antes de entrar a clase en la degustación de enfrente del colegio. La señora que la regentaba era tan tiesa como un palo de escoba, pero preparaba un café delicioso, en taza tamaño desayuno, por cincuenta y cinco pesetas… ¡Qué tiempos!... Recuerdo las conversaciones, las risas, la incertidumbre por el futuro, la ilusión por el presente, los traumas, las decepciones, las ilusiones….

Para obtener el título oficial era necesario examinarse de tres cursos, pero yo, que tenía prisa, decidí examinarme de los tres a la vez, y acabar en un año. Así que me empeñé de tal manera en adquirir velocidad con los dedos, que practicaba con la mente. Así, comencé a transcribir mentalmente algunas de las conversaciones que mantenía. Es increíble como se va adquiriendo rapidez mental para mecanografiar una conversación. Me convertí en una máquina. Iba a las compras, y mecanografiaba las conversaciones de las señoras que me precedían en la cola. Iba a las discotecas, y mecanografiaba las conversaciones de los chicos que me entraban (algunas, tan aburridas como mecanografiar El Quijote). Que una amiga me contaba llorando la última bronca con su novio, yo teclea que te teclea…. Y así llegué a adquirir una velocidad muy, pero que muy aceptable, tanto mentalmente, como con la Olivetti. Y saqué el título en un año….

Dejo para otro día la historia de la primera máquina de escribir con la que me topé en mi actual empresa, porque me alargaría mucho. Por hoy, tan sólo añadir que esa costumbre maníaco obsesiva de mecanografiar las conversaciones no me ha abandonado del todo, pero ahora sólo la utilizo cuando la necesito. Me explico. Con el tiempo, he descubierto que es un estupendo antídoto contra esas conversaciones que no me interesan lo más mínimo o me aburren soberanamente, pero de las que, por un motivo u otro, me es imposible zafarme. Cuando se da el caso, recurro a mecanografiarlas, y eso me ayuda a concentrarme y no perder el hilo, y supongo que a poner una cara que a mi interlocutor o interlocutora debe parecerle de sumo interés en lo que dice. Si la conversación me aburre, procuro teclear rápidamente para no dejar ninguna palabra sin escribir. Si me irrita bastante, tecleo frenéticamente y a toda velocidad. Y si ya me resulta insoportable, no me dejo ni una mayúscula, ni una tilde, ni un punto, ni una coma…. Ah, y que nadie piense que utilizo procesador de textos con corrector y zarandajas de esas. Utilizo la vieja Olivetti propiedad de las monjitas, con la que hay que poner guión si una palabra se te corta al final de una línea, además de emplear al menos un segundo para pasar el carro. Como dios manda.

Y esta es la historia de cómo desarrollé una de mis más efectivas técnicas de autodefensa. Ya lo advertí. Mis técnicas de autodefensa son demasiado personales, y supongo que intransferibles…

Nota: Con todo mi cariño y mi respeto por las monjas del colegio Maria Inmaculada, y por las chicas con las que tuve el gusto de compartir aquel año. Muchas eran casi niñas que se habían visto obligadas a convertirse en mujeres, y algunas tenían vidas particularmente duras y difíciles. Guardo muy buenos recuerdos de algunas tardes de largas conversaciones...