Estoy en una playa (no sé cual). El cielo, y el mar, son de un azul muy intenso, y hace calor, pero estoy vestida. Contemplo el mar desde la orilla, en compañía de otras personas (no sé quienes). Estoy relajada, muy relajada. De pronto, el cielo empieza a tornarse gris, pero no hay ni una nube. Una enorme ola, inmensa, impresionante, avanza desde el mar y comienza a alzarse sobre nuestras cabezas, despacio, muy despacio, como a cámara lenta. Incluso el ruido propio del movimiento del mar parece haberse ralentizado. Yo, tranquilamente, saco mi cámara de fotos para fotografiar esa tremenda ola. Sé positivamente que voy a morir, y lo único que me preocupa es si mi cámara será capaz de captar ese momento. Desde que yo aprieto el botón hasta que ella captura la imagen transcurren unos segundos, cruciales cuando el instante que se quiere captar transcurre en movimiento. Pero, de repente, la ola, y el ruido, se detienen sobre nuestras cabezas, siete, diez, doce, no sabría decir durante cuantos segundos…. Y poco a poco, lentamente, con el mismo sonido ralentizado, la ola comienza a retroceder. No siento alivio. ¿Indiferencia?. De pronto, la ola, o quizá una de sus compañeras, vuelve sobre nuestras cabezas. El mismo movimiento, el mismo sonido. Vuelvo a fotografiarla. Ella vuelve a detenerse durante unos instantes indeterminados, y lentamente, vuelve a retirarse. El proceso se repite unas cuatro o cinco veces más, y de repente, siento miedo. Siento la necesidad de correr, ansiedad por huir, porque estoy segura de que la próxima vez que la ola cubra el cielo, moriremos todos. Y no quiero morir…..

Estoy en un parque, rodeada de campas verdes (¿quizá el parque Ardanza?), y hay mucha gente a mi alrededor, música, colorines, ambiente festivo (¿quizá el próximo Ibilaldi?). Hace calor, mucho calor (supongo que he llevado demasiado mal el frío y lluvioso otoño, y por eso soy gratamente consciente de la sensación de calor, hasta en sueños). Por una de las verdes laderas veo bajar, bailando frenéticamente, a un hombre negro muy bajito, que me mira directamente a los ojos y me sonríe. Lleva unos ropajes muy llamativos. Por detrás de él, desfila, bailando elegantemente, un hombre negro muy, muy alto. Va vestido con un abrigo de plumas de colores, y pienso en cómo será capaz de soportarlo, con el calor que hace. También me mira, pero serio, no enfadado, sino con una especie de curiosidad. El negro bajito se acerca rápidamente, y sin dejar se sonreírme, me ofrece dos flores secas. Son una especie de rosas, de tallo corto, de un color naranja muy, muy intenso. Por el rabillo del ojo, mientras las huelo, observo que también ofrece flores a las dos amigas que me acompañan, y de cuya presencia acabo de ser consciente. Una es Mª.F., una amiga de la infancia a quién hace años que no veo (a la otra no consigo identificarla, pero no parece que tenga demasiada trascendencia dentro del sueño). Desconfiadas, y terriblemente asustadas, las rechazan. Me pregunto cual será el motivo de su rechazo, y de su temor, pero no encuentro ninguna señal lógica que me permita identificarlo. Las flores tienen un olor extraño, desconocido para mí, no sabría decir si me agrada o me repugna. Prendo una en el tirante de mi vestido, y otra en una de mis sandalias (ni idea de por qué elijo tan extraño lugar para lucir una flor, y ni idea de cómo consigo que se sujete). El negro alto continúa su avance sin dejar de mirarme, estudiándome. Cuando le tengo suficientemente cerca, descubro que sus ojos son de un verde extraño, son unos ojos como no he visto jamás, enormes, preciosos. Me tiende otra flor, de un naranja aún más intenso, pero es sólo una, y tiene el tallo muy largo. No la huelo. Su tacto es áspero. El hombre sigue mirándome serio, sus labios no se mueven, pero sus ojos me sonríen, sonríen abiertamente. Mientras sus ojos siguen cautivándome, me descubro pensando, estúpidamente, en que es curioso que su piel no sude ni una gota bajo el grueso abrigo de plumas….

Estamos en un centro comercial. Mª F. sigue conmigo, y su pareja también (Mª F. no tiene pareja, así que no sé de donde la he sacado, pero en el sueño este pensamiento no surge en ningún momento, ni me cuestiono el tema). El ambiente es ensordecedor y terriblemente agobiante, pero, curiosamente, no me siento mal. La conversación del hombre es tan interesante, me parece una persona tan inteligente, que ni siento ni padezco el ruido, el calor, la muchedumbre…. Me ratifico en lo que siempre había pensado. Mª F. es una mujer inteligente que no se ha echado en brazos del primer (ni del segundo, ni del tercer) hombre que se ha encontrado en el camino. Ha vivido prácticamente toda su juventud sin pareja (que no sola), y en la madurez, en la mejor época, ha encontrado alguien con quién seguir adelante, no una media naranja, sino una fruta entera, madura, y muy jugosa…

Mientras conversamos, abro una puerta, que se supone nos debe llevar a la zona de ocio. Nos apetece comer un bocadillo, y recuerdo unos de jamón y setas deliciosos. Pero al otro lado de la puerta, sólo hay un pasillo, con puertas en el lado derecho, que parecen ser unos baños aún en obras. Comento que hace tanto tiempo que no voy a un centro comercial que estoy desorientada….

Y ya no recuerdo nada más….

Esto lo soñé la noche del sábado al domingo, y es extraño que aún lo recuerde con nitidez… No suelo tratar de analizar mis sueños, entre otras cosas porque muy pocas veces consigo recordar lo que he soñado. Para tratar de entender el por qué de un determinado sueño no sé si tendría que bucear en mi adolescencia, en mi más tierna infancia, en lo acontecido el día anterior… complicado, muy complicado. Aunque en este sueño en particular, me da a mí que, al menos parte de la culpa, la tiene la pobre vaca Echeve, la última que Jto., padre de nuestro amigo An. (y gran forofo del Athletic), decidió criar antes de retirarse del mundo ganadero. El sábado nos comimos sus últimas chuletas, y las sobras nos las cenamos con unos huevos fritos, también de las gallinas de Jto. Suelo comer muy poca carne, y desde luego no para cenar, así que me temo que la sobredosis influyó en mi ya habitualmente agitado descanso nocturno. En cualquier caso la culpa es mía, por no saberme resistir a unas buenas chuletas a la brasa…

Echeve, descansa en paz. Proporcionaste interesantes momentos de entretenimiento y aprendizaje a nuestros hijos, mientras te daban de comer e intentaban limpiar tu cuadra (aunque Rn. siempre te temiese un poco). Y con la excusa de despedirte, disfrutamos de una tarde / noche de buenas conversaciones y abundantes risas. Y como colofón, me has dado tema para un post. Si existe un reino de los cielos para las vacas, deberías estar en él, y disfrutar de bellos sueños y hierba fresca para toda la eternidad…