Motes (¡otra vez!), o cómo cambié de identidad
Quienes me lean desde hace tiempo puede que recuerden que detesto los motes. Creo que le dediqué tres entradas al tema. El por qué dedico tres entradas a lo que no me gusta en vez de a lo que me agrada es algo que me estoy preguntando en este mismo momento, pero que no consigo responderme. En fin. Sigo con los motes. Ya sé que un mote no tiene por qué ser siempre despectivo, pero en mi universo mental particular, y supongo que debido a las personas que me ha tocado en suerte conocer y tratar, no puedo evitar sentir un cierto rechazo cuando oigo nombrar a alguien por su mote. E inconscientemente (o quizá no tanto) es algo que trato de inculcar también a Rn. Cuando hace algún comentario despectivo (“Ux. es un pito gordo” “Ar. es un pequeñajo” “Yo a Ek. le digo cocote”) siempre le corrijo, y le digo que todas las personas tenemos un nombre, y que a cada uno de nosotros nos gusta que nos llamen por nuestro nombre.
Yo: Rn., ¿a ti cómo te gusta que te llamen?
Rn: ¿A mí? Rn.
Yo: Yo estoy segura de que a Ar. no le gusta que le llamen pequeñajo. ¿Tú como crees que le gustará a Ar. que le llamen?
Rn: Ar.,… pero es que Ux. le dice pequeñajo.
Yo: ¿Y tú crees que llamarle pequeñajo está bien?
Rn: No. Se llama Ar.
Yo: Bien, cariño, veo que lo entiendes.
Creo que nunca he tenido un mote. Al menos, no he tenido conocimiento de ello. Pero sí que hay una especie de apelativo cariñoso que a veces mis amigas utilizaban conmigo. Siempre he sido muy despistada, y aunque ahora ya estoy un poquito más centrada, de adolescente fui bastante soñadora. Los pies siempre en la tierra, pero a veces, la cabeza… flotando en el aire. Así que en ocasiones, en medio de una conversación, me encontraba de pronto de cuerpo presente, pero mentalmente ausente, y cuando bajaba de la nube, era probable que la conversación ya hubiese tomado otros derroteros, y yo hiciese algún comentario totalmente fuera de lugar. Ojo, que eso no quiere decir que la conversación no me interesase, sino todo lo contrario, probablemente me encontrase dándole vueltas a alguna de las cosas escuchadas. Para las conversaciones que no me interesan, que me aburren o me hastían, en vez de evadirme he desarrollado una técnica personal e innovadora, sobre la que es probable que hable en otro momento. Por otra parte, también soy muy crédula, ingenua, casi hasta bobalicona. Me creo cualquier cosa que me cuenten, muchas veces sin ser capaz de distinguir el tono jocoso con que lo hacen. ¿Os acordáis de aquel programa de televisión, “Inocente, inocente”, en el que por medio de una o varias personas que actuaban de gancho, gastaban una broma a algún famoso, y al final le entregaban un pin con aquel muñequito típico? Pues mis amigas me regalaron un pin de esos, de inocente, que aún conservo, y que luzco orgullosa en mi mochila de los pins. Por aquella misma época, mis amigas y yo éramos fans de aquella maravillosa serie, “Las chicas de oro”.

¿Las recordáis? Eran fantásticas. La responsable y sensata Dorothy, su divertida y mordad madre, Sophia, la coqueta y picantona Blanche, y la ingenua y cándida Rose. Pues en una de aquellas situaciones en las que yo contribuí a alguna conversación con un comentario absurdo y fuera de lugar, una de mis amigas soltó un “Joder, Ma., pareces Rose”. Y todas reímos la ocurrencia. Y desde entonces, cada vez que yo hacía una de las mías, se oía un cariñoso “Ayyyy, Rose, Rose, Rose….”. Matizo que nunca llegó a ser un mote, y quizá por eso nunca me molestó. Mis amigas siempre me han llamado Ma., y sólo utilizaban ese “Ayyyyy, Rose, Rose, Rose….” cuando creían necesario hacerme saber que había vuelto a meter la pata. Aún hoy en día, las pocas amigas de aquella época con las que aún mantengo contacto, a veces lo hacen (menos, porque nos vemos muy poco), y es algo que casi agradezco, porque me hace sentir que no se ha perdido del todo aquella complicidad, aquel encanto de la adolescencia…
Durante el tiempo que llevo escribiendo mi blog, y visitando otros, como “El patio de mi casa”, varias personas me han preguntado si no podrían llamarme de otra manera. Algunas, como Frilanser, han optado por acortar y llamarme Pati, otras, como Bruxana, se dirigen a mí como Ma., tal como me autodenomino cuando escribo sobre mí misma, e incluso han llegado a referirse a mí como “amatxu de Rn.”. Y la verdad es que referirse a alguien como “El patio de mi casa” debe ser difícil. Así que, a partir de ahora, a fin de simplificar un poco el tema, podéis llamarme Rose.
Rose. No suena mal. Pero me va a costar. He visto como algunos autores de blogs que visito han cambiado de nombre, incluso de blog, en alguna ocasión, pero… a mí me cuestan los cambios. Me adapto enseguida, pero se me hace cuesta arriba enfrentarlos. Y un cambio de identidad es mucho cambio, ¡eh! je,je….
Pues eso. Yo, Rose. Encantada.






elpatiodemicasa dijo
Por cierto, si algún alma generosa sabe como puedo hacer para que cuando comento en vez de "elpatiodemicasa" aparezca "Rose", que me lo haga saber, please..... Soy un poco torpe, y reacia a los cambios, pero cuando decido cambiar, lo hago con todas las consecuencias... je,je...
Buen día. Aquí, sigue lloviendo....
19 Noviembre 2008 | 01:56 PM