A lo largo de este verano pasado ha habido muchas tardes de parque y pipas. La mayor parte de la gente dice (como cada año) que este año no ha hecho verano (“empezó a llover en marzo y aún no ha parado”). No es cierto, lo que pasa es que tenemos poca memoria meteorológica. Yo he salido con Rn. y con Ir. al parque todos los días, no recuerdo que nos hayamos quedado en casa ni uno sólo, y hemos disfrutado de un maravilloso sol y una temperatura estupenda. Días bonitos, pero no demasiado calurosos. Así que los niños han jugado muchísimo en el parque, mientras padres y madres comíamos pipas. Grandes, pequeñas, saladas, tostadas, de girasol, de calabaza… Engulle que te engulle pipas. Unos, para matar el gusanillo, otros, para matar el tiempo, y otros, como yo, porque comer pipas es de las pocas cosas que me retrotrae a mi niñez. Comer pipas, hacer pompas de jabón, el olor a tierra mojada tras una tormenta de verano, perderme mirando el interior de las canicas…

Comiendo pipas se pone de manifiesto otra de mis supuestas rarezas. No tiro las cáscaras al suelo. Mientras los demás crean una pequeña pocilga a sus pies (con el consiguiente pésimo ejemplo para sus hijos) yo voy guardando las cáscaras en mi mano (si como pocas) para después tirarlas a la papelera, o bien directamente saco mi bolsita de plástico del bolso (si como muchas). La bolsita de plástico me acompaña siempre: para meter un pañal usado de Ir., para recoger esas inoportunas cacas de Rn. cuando el momento de avisar coincide justo con el momento de hacer, para los restos de una merienda… y para comer pipas. Supongo que algún día, además de prohibir la entrada de perros en ciertos parques (aunque a quién debieran prohibírsela sería a sus dueños) acabarán también por prohibir tirar restos de comida. De hecho, en el campo de fútbol del pueblo, ya hay varios carteles: “Prohibido comer pipas”. Recuerdo hace años una tarde de cine, cuando aún se podía meter en las salas comida del exterior, que el que entonces era mi novio acabó la película con un montoncito de cáscaras en su pie derecho, fruto de la buena educación de su desconocida compañera de butaca.

Pero hay cosas peores que comer pipas y tirar las cáscaras al suelo. Lo que me encontré ayer en el andén del tren me dejó planchada.

No sé si en la foto se aprecia bien, porque es muy mala. Está tomada con el móvil, a las cinco y media de una horrible y oscura tarde lluviosa. Pero esas manchitas de color naranja son ¡cabezas de langostinos!.

¿¡Quién dijo crisis!? ¿Os imagináis comiendo langostinos mientras esperáis al tren, como quien come pipas?.