Hace unos meses Rn. comenzó a interesarse por la muerte, de manera un poco indirecta.

Rn: Ama, mira, mira, ese señor es mi abuelo.

Yo: No, Rn. Ese señor es un abuelo, pero no es tu abuelo. Tú no tienes abuelo.

Rn: Sí, sí tengo. Ese es mi abuelo.

Yo: No, cariño. No tienes abuelo. Tu abuelo era mi padre, y tu otro abuelo era el padre de aita, y se murieron hace muchos años. Por eso no tienes. Pero tienes dos abuelas.

Rn: No. No es tu padre. Es mi abuelo.

Yo: Sí. Pero tu abuelo era mi padre. Como la abuela Rs., que es tu abuela pero es mi madre. ¿Entiendes?

Rn: Sí. Pero ¿dónde está tu padre?

Yo: Mi padre ya no está, Rn. Se puso muy malito, de una enfermedad muy grave, y se murió, hace ya años.

Rn: Pero otro día va a venir mi abuelo a casa.

Yo: No, Rn., cuando una persona se muere, ya no vuelve nunca más, ya no la volvemos a ver.

Rn: ¿Ya no viene más tu padre?

Yo: No. Se fue y ya no vuelve más.

Rn: ¿Y dónde está ahora?

Yo: En el cielo.

E inmediatamente me arrepentí de mi respuesta. “En el cielo… en el cielo…. ¡Cómo se me ha ocurrido semejante respuesta! ¡Malditos posos de educación católica! A ver ahora como lo arreglo…”.

Pero Rn. no le ha dado al cielo la misma connotación que yo. Su mente no está manchada de ningún prejuicio religioso, así que conceptos como el cielo y el infierno no puede relacionarlos con el bien y el mal. Pero su cabecita si está comenzando a estar un poco contaminada por ese otro gran dios que es la Disney, e inmediatamente relacionó mi respuesta con una de sus películas favoritas, “El Rey Leon”.

Rn: ¡Buah! ¡En el cielo! ¡Cómo Mufasa!.

Recordé la escena en que el rey león muerto, Mufasa, habla desde el cielo a su hijo Simba, y tuve que contener la risa.

Yo: Claro, hijo, como Mufasa.

La verdad es que no estaba, y sigo sin estarlo, preparada para hablar a mi hijo sobre la muerte. Quizá sobre el sexo sí, pero sobre la muerte no. Es un tema tan tabú, tan terrible, para nosotros los adultos, que como para tratar de explicárselo a un niño. Supongo que la opción del cielo es absurda, pero decirle a un niño de tres años que cuando nos morimos nos meten bajo la tierra o queman nuestros cuerpos, me parece terrorífico, y hasta el momento Rn. duerme muy bien, no quiero provocarle pesadillas. Sí, sí, ya sé, ese afán sobreprotector de las madres, pero….. es así.

El caso es que desde entonces Rn. cuenta a todo el que quiera escucharle, aunque sea una persona que acaba de conocer, que su abuelo está en el cielo: “¿Sabes? El padre de mi madre se puso muy malito y se murió y se fue al cielo”.

Hace unos días Rn. me acompañó a la revisión de Ir. con su pediatra. Mientras ésta reconocía a Ir., Rn. dibujaba en un folio, sentado en una mesa frente a la enfermera.

Yo: Rn., qué bonito. ¿Quién es ese señor que has dibujado?

Rn: Mi aita.

Enfermera: Me ha dicho que le ha puesto piernas a su aita, para que no se vaya al cielo como el padre de su ama, que se puso muy, muy enfermo y se murió.

Conmigo también lo comenta muy a menudo.

Rn: Ama, ¿a qué tu padre se puso muy enfermito, de una enfermedad muy grave, y se murió y se fue al cielo?

Yo: Si, cariño, se murió hace ya muchos años.

Rn: Claro, y tú querías con tu padre.

Yo: Claro, cariño, yo quería estar con él, y me quedé muy triste cuando se murió.

Rn: Claro, porque querías ir al cielo con él.

No exactamente. Pero es la desventaja de no explicarle a los niños donde van exactamente los muertos. Supongo que para Rn. ir al cielo será algo así como ir de vacaciones a la playa, pero sin la opción de regresar después a tu pueblo.

Pero lo más difícil de explicar es cómo vamos donde vamos cuando morimos.

Rn: Ama ¿Y cómo se fue tu padre al cielo? ¿En el tren?

¿Alguien conoce alguna peli de Disney al respecto? Aún no he dado con una explicación medianamente coherente, y no me vendría mal una ayudita.

Ayer, antes de dormir, leí a Rn. un cuento sobre la tristeza. En él, un conejito explica cómo se siente cuando está triste, qué situaciones le hacen sentirse así, y qué hace para remediarlo.

Yo: (Leyendo) Hay cosas que me ponen muy triste, como cuando veo discutir a papá y mamá, o cuando estoy enfermo y me siento mal… o cuando alguien a quien quiero se muere.

Rn: Ama, como cuando se murió tu padre y se fue al cielo.

Yo: Claro. Cuando se murió mi padre yo me quedé muy triste.

Rn: (Abriendo mucho los ojos) ¿¡Quién!? ¿¡Tú!?

Yo: Sí, yo me puse triste y lloré mucho, porque las lágrimas ayudan a que se vaya la tristeza…

Rn: ¡Hala! ¡Qué mal hizo tu padre!

Sí, Rn., hizo muy mal. No debería haberse muerto. Debería estar aquí, ahora, para poder disfrutar de tu carita, y del tacto de tus manos en las suyas, leyéndote un cuento, y para que se le cayese la baba cuando Ir., la única de sus descendientes que ha heredado sus preciosos ojos grises, le sonriese desde la cuna. Quizá si pudiese volver se daría cuenta de que el cielo, algunas veces, está aquí abajo.