Ven. Para un poco y siéntate. Este es un lugar tan bueno como otro cualquiera para que hablemos, cara a cara. Bueno, para que yo hable, al menos. Tiene su punto de gracia la cosa, sí, porque aunque siempre estás a mi lado, me intimida un poco mirarte de frente. Sí, siempre has estado conmigo, acompañándome en absolutamente todos los momentos de mi vida. En los buenos y en los malos. Pero durante muchos años no fui consciente de ello. Ni por un momento pensé en tu existencia, ni en lo que significabas en mi vida.

Cuando era niña, nuestros ratos juntos eran largos, muy largos. Recuerdo como interminables las tardes de verano, las tormentas, los sábados por la mañana, las sumas, los juegos con muñecas, los recreos, los partidos de campo quemado, las manzanas con un trozo de chocolate, los ratos en la campa de las margaritas… Creo que fue más o menos desde que comencé el instituto que tu presencia en mi vida comenzó a hacerse un poco confusa. A veces era evidente, y a veces pareciese que apenas hubieses estado allí, conmigo. Recuerdo haber pasado momentos terribles, en que parecía que tu movimiento se hubiese detenido. Recuerdo momentos bellos, en que cualquiera diría que tú te estabas entrenando para un cross. Y hay momentos, bastantes, que ni siquiera recuerdo. Sobre esos momentos muertos, a veces me ha dado por pensar que te perdí, que te desperdicié, que no intuí lo importante que eras. Pero sé que es un juicio injusto. Tú siempre has estado ahí, nunca te he perdido, aunque quizá no siempre supe aprovechar tu presencia. Juzgarte, sí. Creo que todos te juzgamos continuamente, como una excusa para no juzgar nuestras propias acciones con respecto a ti. Pero tú no te inmutas. Sigues acompañándonos, sin más. Hay quién dice que todo lo curas. Pero paradójicamente, cada vez existe una obsesión más grande por burlarte, por borrar tu huella. Cremas, bisturís, retoques fotográficos. A mí, como a todos, supongo, también me das un poco de miedo. Me da miedo que contigo llegue la enfermedad, a mi cuerpo o al de cualquiera de las personas que quiero. Aunque creo que eso es juzgarte, prejuzgarte, de nuevo. Porque ¿realmente sería sólo culpa tuya? Y también me da miedo que llegue un día en que piense que mi camino contigo pudo haber transcurrido de otra manera que me llenase más. Sí, eso me aterra, para que te voy a engañar. Sé que también depende de mí, pero eso no me consuela. De lo que soy consciente es de que últimamente vivo demasiado pendiente de ti, y eso no me gusta demasiado. ¿Te acuerdas de aquellos meses en que traté de engañarte, de engañarme? Sí, cuando se les acabó la pila a los dos relojes. Ro. me recordaba continuamente que debía ir a la joyería, me pillaba de camino todos los días, pero yo siempre lo posponía, haciendo como que no me importabas. En realidad hacía trampa, ya lo sabes. El móvil, la pared de la oficina, de los bares, de la peluquería. Siempre hay unas agujas, o unos dígitos, con un gran poder de atracción sobre la vista, y sobre la mente, que me recuerdan que debo levantarme, entrar a trabajar, ir a comer, recoger a Rn… En el fondo vivo atrapada, absorbida por ti, o mejor dicho, por la falta de ti, por tu carencia, por no tenerte en más cantidad. No me engaño. Sé cuál es mi actual relación contigo, pero ignoro cómo será en un futuro. Supongo que tú, y lo que acontezca a tu paso por mi vida, tenéis la palabra. Sólo sé que te necesito. Me haces falta. Para mis planes de futuro, para mis proyectos, para evolucionar, para ver crecer a mis hijos, para mejorar, para envejecer, para todo. Espero que lo entiendas, y no me falles. No me abandones, compañero. No demasiado pronto.

(*) Esto es un meme que me propone Frilanser. La idea parte de Leg, que pedía que convirtiésemos el tiempo en una persona, y contásemos nuestra relación con él. Para seguir con la cadena, espero que Bruxana y Lidia se animen. A mí creo que me ha quedado un poco pesimista, así que a ver si nos dan una visión más alegre del tiempo, del paso del tiempo.