El día 5 salimos a la calle con intención de ver la cabalgata de Reyes, pero la cosa se quedó en la intención, que dicen que es lo que cuenta. Como el año pasado, Rn., en cuanto vio tanta gente con vestidos raros, antorchas, oyó música y excesiva algarabía, se puso a llorar pidiendo ir a su casa. A varios de sus amigos les sucedió lo mismo, así que, como hacía una noche de temperatura primaveral, los padres acabamos en la terracita de un bar tomando algo, mientras los niños corrían, jugaban y se peleaban por los juguetes, ajenos a Melchor, Gaspar y Baltasar. De pronto, uno de ellos descubrió un gusano en una jardinera. Ante la advertencia de una madre de que no lo tocase, media docena de cabecitas de tres años rodearon inmediatamente la jardinera.

Ux: Yo soy valiente. Lo voy a tocar.

Rn: No lo toques.

Ux: Yo si lo toco, porque soy valiente.

Rn: ¡No! ¡No lo toques!

Rn. le agarró del brazo, intentando apartarle, pero Ux. seguía empeñado en tocar el gusano. Así que comenzó un forcejeo entre ambos.

Ux: Lo voy a tocar.

Rn: ¡No lo toqueeeesssss! ¡No lo toqueeeesssss!…..

Ux. es el mejor amigo de Rn., pero aún así Rn. estaba recurriendo a la fuerza bruta, y cual película del oeste, estaban comenzando los puñetazos. Comprendiendo lo que Rn. pensaba, intenté mediar…

Yo: Rn., no pasa nada. Ux. no le va a hacer nada. Sólo quiere acariciarle.

Rn: ¡No! ¡No lo toqueeeesssss!

Yo: Rn., no le va a pasar nada al gusano, no te preocupes. Ux. no le va a hacer daño.

Rn: ¡Noooo! ¡No quiero que lo toqueeeeee! ¡Que se va a morirrrrr!

Supuse que Rn. no se fiaba. Supongo que, como yo, recuerda perfectamente el día que fuimos a ver unas cuevas y Ux. atravesó una babosa con su bastón de monte. Rn. se pasó un buen rato llorando desconsoladamente al ver como la babosa se enroscaba sobre sí misma. A veces, Rn. y Ro. salen los dos solos a pasear por el bidegorri, una de las zonas más tranquilas del pueblo, bordeando el río, y llegan hasta el puente romano. Por el camino a veces encuentran babosas, que apartan hacia la orilla y depositan en la hierba para que otras personas no las pisen. Y también encuentran caracoles, y de vez en cuando traen alguno a casa. Los caracoles que recoge Rn. siempre se llaman Jesús, y suelen quedarse una temporada a vivir en nuestra terraza. A veces hemos llegado a tener hasta tres, que se alimentan de hojitas de lechuga y de las plantas, hasta que un buen día llueve, y deciden marcharse. Entonces, a Rn. le encanta verles desde la calle, bajando por nuestra fachada, y cuando la abuela viene a visitarle, siempre se los enseña. Uno bajo el balcón, otro bajo la ventana, dos más que han conseguido alejarse un poco… Así que a mí no me resultaba extraño que Rn. se pusiese así por un simple gusanito.

Este niño te va a salir de Greenpeace” – me dijo el padre de Ae., una de sus amigas.

El día anterior, habíamos estado con Me., el compañero de trabajo de Ro. Rn. le quiere mucho, y a menudo suele jugar a que habla con él desde un viejo móvil inservible que Me. le regaló. Le pregunta qué tal, y le cuenta cosas suyas, de la escuela, de los juguetes… El viernes, había hablado con él por teléfono, pero por el de verdad, y parecía que hubiese comido lengua, porque hablaba, y hablaba, y hablaba, y Me. practicamente no podía meter baza. Yo me había cogido el día libre, y por la tarde fuimos a buscar a Ro. al trabajo, y acercamos a Me. hasta su casa en coche. Rn. continuó con su verborrea. Por lo visto, por teléfono no se lo había contado todo.

Yo: Rn. ¿te acuerdas de tu cuento del barco de Marco? Pues Me. también va a pescar, como Marco. No tiene barco, pero tiene una caña, y también pesca.

Rn. abre mucho los ojos.

Rn: ¿Sí? ¿Vas a pescar?

Me: Sí. A mí me gusta mucho pescar. Un día, vamos a ir tú y yo. Te voy a dejar la caña, y vamos a pescar muchos peces.

Rn. lo piensa un poco, y abriendo los brazos, como para reafirmarse en lo que dice, le espeta

Rn: Pero es que si los pescamos, los peces se mueren.

Me: (cortado) Claro. Es lo malo que tiene.

No quiero ni pensar en lo que sucederá el día que Rn. se entere de que el pescado que tanto le gusta para cenar, antes de estar en su plato, fue un pez que alguien pescó. A lo mejor Rn. es quién consigue darme el empujoncito que me falta para decidirme de una vez a hacerme vegetariana…