(*) Continuación del post "Libertad"

El jueves pasado, ese día en que hacía tanto frío, mi madre me llamó por teléfono a mediodía. Una vez por semana suele venir a ver a Rn., y pasa la tarde con nosotros. Pero la semana pasada se encontraba muy mal, estaba terriblemente griposa, y llamaba para decirme que no podría pasarse. Y resultó que la que iba de la cama al sofá y del sofá a la cama era ella, pero tuvo que soportar mis quejicosidades y darme ánimos ella a mí. Que si me encuentro fatal, que si no se me acaban de pasar las nauseas, que si ahora me ha dado por vomitar a cualquier hora del día, que si encima para rematar tengo un saco lleno de mocos dentro de mi cabeza… Si es que a quien le va uno a contar sus penas, mejor que a su madre. “Así que ama, puedes imaginarte los ánimos que tengo yo para estas fiestas. El viernes que viene tengo la cena de empresa, y seguido vienen nochebuena y nochevieja. Y como cuando peor me encuentro es por las noches, pues imagínate las ganas que tengo de cenas. Sinceramente, lo que me apetecería este año es quedarme en casa, con Ro. y con Rn., hacer una cenita tipo picnic sentados en el suelo del salón, e irme prontito a la cama. Tener unas fiestas tranquilas, vaya”. Sé que mi madre no se lo toma a mal. Aunque quiere que en nochebuena vayamos a cenar a su casa, porque es el único día del año en que consigue que nos juntemos las tres hermanas, entiende que mis deseos este año sean otros. Deseos que no voy a cumplir, claro. Por supuesto, iremos a cenar con la familia.

Mi madre: Buenooooo, yo no he tenido unas fiestas de esas tranquilas jamás. Ni siquiera de recién casados, ni cuando tú eras pequeñita. Cuando vivíamos en Iturrigorri, tu padre me llenaba la casa de gente.

Yo: ¿…?

M.m.: Sí. Como en el barrio éramos todos de fuera, y no teníamos familia allí, pues tu padre invitaba a todos los conocidos que no tenían con quién pasar las navidades. La mayor parte de ellos no tenían pareja, y esos días estaban solos. Así que les invitábamos a todos a cenar, y la casa se nos llenaba de gente. Mucha más de la que en realidad cabía, claro.

Iturrigorri era el barrio donde mis padres vivieron desde antes de casarse, hasta que yo tuve tres años. Entonces nos trasladamos a otro barrio un poquito mejor, (eso no era nada difícil) a la casa donde actualmente sigue viviendo mi madre. Iturrigorri era un barrio de casas colgadas de escaleras y barrancos. Allí convivían gitanos y payos. Inmigrantes que intentaban salir de la pobreza que habían dejado en sus pueblos, y cuya vida mejor, esa a la que habían aspirado al emigrar, consistía en haber optado a unas viviendas bastante precarias, mezcladas con chabolas o semichabolas. Mis padres eran afortunados. Su casa tenía cuarto de baño propio. Algunos de sus vecinos tenían que compartir el único cuarto de baño que había en su edificio con otras tres o cinco viviendas. Según escribo esto, no puedo evitar un pequeño pellizquito en la conciencia al pensar que Ro. y yo, por las mañanas, utilizamos un baño distinto para cada uno. No obstante, la casa de mis padres no contaba con ningún lujo, no os vayáis a creer. Cocina, baño, y una única habitación donde solamente cabía un armario, su cama, y mi cuna completamente pegada a los pies de la misma… Aunque nos marchamos de allí, solíamos volver a menudo, ya que mis padres conservaban muchos amigos a los que visitar. Hasta el año 83, en que las inundaciones acabaron con gran cantidad de casas, y muchas de las que quedaron en pie tuvieron que ser derribadas, nuestras visitas a amigos fueron frecuentes. Aún hoy en día, a veces sueño con aquellas empinadas e interminables escaleras. Son sueños pesados, agónicos, en los que me siento perdida y desorientada entre callejones y miseria…

Yo: Vaya, no tenía ni idea. Pues tendrías un montón de trabajo esos días…

M.m.: No, si el trabajo era lo de menos. Lo malo era que, cuando acababan las fiestas, tu padre siempre me decía que no sabía lo que hacíamos, pero que nunca conseguíamos ahorrar un duro de la paga de navidad ¿Y cómo íbamos a ahorrar? Con tantos invitados, y encima en esas fechas, no íbamos a ponerles cualquier cosa, y claro, de la paga no quedaba nada. Pero tampoco me importaba. Lo que hacía decía mucho de él. Era generoso…

La verdad es que a veces creo que sé muy poco de mis padres. Supongo que a todos nos sucederá. Los padres son esas personas que siempre han estado ahí para educarnos, para cuidarnos, para decirnos lo que está bien y lo que está mal, para echarnos una mano siempre que pueden. Pero les vemos como padres, no como personas individuales, independientes de nosotros. No sé si me explico, seguro que no. Por ejemplo, creo que poca gente se imagina a sus padres haciendo el amor ¿verdad?. En la mayor parte de los casos, al menos de personas de una cierta edad como la mía, los padres, como los ángeles, no tienen sexo. Sabemos poco de su intimidad, de sus metas, de sus frustraciones, de lo que dejaron en el camino, de sus deseos, de los que llegaron a cumplir y los que no. Por eso me gusta cuando mi madre me cuenta ciertas cosas, y a veces me asombra lo que descubro, aunque sea tan simple. Supongo que por eso también es, en cierto modo, por lo que escribo en este blog. Para que quizá un día mis hijos puedan leer las bobadas que escribía su madre, y conocer un poco mejor sus desvaríos, sus deseos, sus día a día, sus rabietas, sus defectos, sus alegrías, sus tristezas, su intimidad… Siempre le digo a Ro. que tengo que imprimir lo que escribo y guardarlo, pero nunca lo hago…

Y en el post del jueves pasado decía que ese día se había dado un paralelismo. Un paralelismo evidente solo para mí. Ya escribí hace unos meses sobre los hombres de mi vida. Y ya quedó claro que dos de los más importantes eran mi padre y mi hijo. Y el paralelismo del que hablé consiste únicamente en que ese día me sentí a la vez orgullosa de ser madre de uno de ellos, e hija del otro. Sí, también me sentí orgullosa de mi padre. Porque él, ateo hasta las trancas (ya que no heredé sus preciosos ojos grises azulados, algo tenía que heredar), sin embargo sabía entender el verdadero espíritu de la navidad. Ese tan cacareado espíritu navideño, que hoy en día se ha convertido únicamente en algo que se mide en función del precio de los regalos que se compran. En aquellos años tan duros, el espíritu navideño no se compraba en los grandes almacenes. Para algunos se trataba, simplemente, de amistad y generosidad.