Libertad
Ayer, cuando salí de trabajar, hacía un frío de mil demonios. Mientras esperaba al tren, llamé como cada día a Ne., la vecina que recoge a Rn. cuando sale de la escuela y se encarga de él hasta que yo llego. Llamo cada día para saber si me esperan en el patio de la escuela, en el parque, en la plaza, o vienen a buscarme a la estación. Pero ayer, mientras escuchaba el tuuuut, tuuuuut, sólo tenía un deseo “Por favor, que estén en casa, que estén en casa, que estén en casa”. El frío, unido a que no me encontraba muy bien, hacía que lo único que me apeteciese fuese estar tirada en el suelo del salón jugando con Rn. a construir casas y garajes con piezas de madera, o ver acurrucados en el sofá un DVD de Caillou. Estaban en casa, pero no en la mía, sino en la de Ne., así que pasé a recogerle. Estando allí me fijé que dos pajarillos en sendas jaulas, que habitualmente están en el balcón, estaban en la cocina, debido al frío.
Yo: ¡Mira, Rn! ¿Has visto los pajaritos?
Ne: Yo creo que no le gustan, porque no les hace mucho caso, no creas….
Rn. levanta la cabeza sobresaltado, y la mira extrañado
Rn: Es que están tristes
Ne: ¡Ene! ¿¡Cómo que están tristes!? ¿Por qué iban a estar tristes?
Rn: Porque están en jaulas
Ne: ¡Anda! ¿Y dónde iban a estar si no?
Se lo piensa unos segundos…
Rn: Pues volando (levanta sus manos a la altura de la cabeza, como para afianzar lo que dice). Los pájaros… tienen que estar… libres….
Un día, tendría Rn. un añito más o menos, mientras le paseaba en su sillita, dos señoras de unos cincuenta y tantos me pararon en la calle. Yo no las conocía de nada, pero ellas querían felicitarme por tener un niño tan guapo. “Es el niño más bonito que hemos visto en el pueblo”, dijeron.
Cuando llevé a Rn. a su pediatra para la revisión de los dos años, la enfermera se quedó sorprendida. Mientras le pesaba, le medía, y me hacía las preguntas de rigor, Rn. no paraba de hablar.
Enfermera: Este niño tiene un vocabulario muy amplio. No es común en un niño de dos años. Construye frases completas, y perfectas.
Rn: Ama, dame el coche rojo (en la consulta siempre hay juguetes para entretener a los niños)
Enfermera: ¡Como! ¿¡Pero distingue los colores!?
Yo: Sí, la verdad es que los distingue muy bien. Y no sólo los colores primarios. También distingue el marrón, el lila, colores así…
Me mira con desconfianza
Enfermera: Bueno, eso habrá sido casualidad…
Yo: No, no, los distingue
Enfermera: A ver. Rn. ¿de qué color es el bolso de amatxu?
Rn: Marrón
La enfermera busca algo con la vista
Enfermera: ¿Y de qué color es el tapón de esta crema?
Rn: Lila
Enfermera: ¿Y esto?
Señala el fondo de la alfombrilla del ratón. Es de un verde muy oscuro, casi negro.
Rn: Verde
Enfermera: ¡Bueno, no me lo puedo creer! Hay niños que vienen a la revisión de los cuatro años y no distinguen los colores. En mi vida había visto un caso igual…
Y se fue corriendo a buscar al pediatra a su consulta, para que hiciese su parte de la revisión. Mientras volvía, le iba comentando
Enfermera: Es que está espabiladísimo. Es una pasada. No veas como habla…
Rn. siempre fue un niño muy chupetero. Le encantaba el chupete. Dormía con tres o cuatro esparcidos por la cama. Así, si se le caía uno por la noche, siempre tenía más para elegir, y nosotros no nos teníamos que levantar de la cama a recogérselo. A los dos años y medio, seguía utilizando chupete, pero además, estaba comenzando a pedirlo en la calle. Cuando le negábamos algo (la compra de un juguete o una chuche) pedía el chupete como compensación. Algunos pediatras aconsejan que el chupete deje de usarse a los dos años, argumentando que puede deformar el paladar, y yo sabía que a Rn. le iba a costar muchísimo, y a nosotros también. Preveía berrinches, nervios y noches en vela. La tarde de un viernes, mientras estábamos en la plaza, Rn. había tenido una pequeña rabieta y había pedido el chupete. Ai., un amigo nuestro, le vio y se sorprendió…
Ai: Rn., ¿qué haces con chupete?
Rn. no contesta. Yo, un poco aparte, le comento que últimamente cada vez lo pide más en la calle, como consolación cuando no puede conseguir algo.
Ai: Rn., dame el chupete. Si me prometes que no chupas más chupete, yo te prometo que mañana te llevo en el todoterreno, y conduces tú.
Rn. abre unos ojos como platos. Le fascinan los todoterrenos, y el de Ai. sobre todo. Rn. y Ai. tienen una relación de mutuo cariño un poco especial. Le da su chupete. Ai. me lo entrega. Yo lo meto en el bolso, un poco alucinada. Por la noche, tras leer un cuento, le digo a Rn. que voy a apagar la luz.
Rn: Ama, el chupete
Yo: Rn., le has prometido a Ai. que no ibas a usar chupete ¿te acuerdas?
Rn. lo piensa un momento, y me mira suplicante
Rn: Ama, sólo en la mano
Yo: Bueno. Pero sólo te dejo este. Y recuerda que no debes chuparlo. Lo has prometido
Rn. agarra fuertemente el chupete, y pone su mano a la altura de la cabeza. A la mañana siguiente, cuando voy a despertarle, el chupete sigue ahí, en su mano, como si se hubiese quedado pegado. Yo no me lo puedo creer. Ai. cumple su parte del trato y lleva a Rn. en el todoterreno hasta uno de los barrios que rodean nuestro pueblo, al que se accede por un camino muy poco transitado. Rn. disfruta como nunca.
Ai: Pero, Rn., esta noche ya tienes que dormir sin chupete. No vale tenerlo en la mano, ¿vale?
Y Rn. durmió sin chupete, ni siquiera en la mano. Y así es como todos los chupetes acabaron en el cubo de reciclaje. Sin traumas, sin llantos, y sin noches en vela.
Cuando Rn. empezó la escuela, le costó bastante adaptarse. Durante algo más de diez días, lloraba desconsoladamente para entrar a su clase. Yo tenía que entrar con él, ponerle la bata, y quedarme un ratito allí, para darle seguridad. Pero cuando me hacían marchar, Rn. volvía a llorar, y yo me iba con el corazón en un puño. Un día, en el camino hacia la escuela, Ai. nos esperaba en el todoterreno. Ai. tienen un hijo, Ux., de la edad de Rn. Son muy amigos.
Ai: Rn., monta, te llevo a la escuela
Rn. no se lo piensa dos veces, y salta al todoterreno. Su cara de felicidad es para grabarla.
Ai: Rn., te llevo hasta la escuela. Pero hoy no tienes que llorar cuando entres ¿vale? Vamos en todoterreno, y hoy sin llorar….
Rn. lo piensa unos segundos, y, muy serio, se baja del todoterreno
Yo: Rn., cariño, ¿no quieres ir en todoterreno?
Rn: No, andando
Yo: Rn., pero si te encanta. Anda, sube
Rn: ¡No! ¡Andando!
Ese día, como todos, Rn. lloró a moco tendido. Pero yo me fui a casa contenta. Un pequeño esbozo de ética le decía que no podía aceptar lo que le ofrecían , porque él no iba a poder corresponder a su parte del trato.
Bueno, pues después de contar todo esto, y de haber llenado de babas mi teclado, tengo que decir que nunca, nunca, me he sentido tan orgullosa de mi hijo como me sentí ayer. Que con tres años sea capaz de dar a entender que no le produce ningún placer observar a unos animales que no están libres, hace que se me salten las lágrimas….
Y ayer también se dio un extraño paralelismo de esos que a veces suceden en nuestras vidas sin que sepamos muy bien por qué. Pero eso ya lo contaré en otro momento.
Continuará….







Rafa dijo
Hola, bonita bitácora. Yo también tengo una que se llama El patio de mi casa pero alojada en blogspot. Mira por dónde ya tenemos algo en común. Nos vemos en la red.
Ben cordialment
PD: Caillou les encanta a mis niñas (una de cuatro y otra de dos).
14 Diciembre 2007 | 08:49 AM