Los rigores del invierno han comenzado a hacer mella en el cuerpecillo de Rn. Pasó la noche del lunes y la del martes con una persistente tos que nos mantuvo en vela tanto a Ro. como a mí, y el miércoles su nariz se convirtió en una máquina expendedora de mocos. Una máquina que no funcionaba con monedas, sino con estornudos. Un estornudo, una ración de mocos. Dos estornudos, ración doble de mocos. Por la noche, antes de que Ro. llegase de trabajar, jugábamos con unos puzzles sentados en el suelo del salón, mientras escuchábamos un CD con canciones infantiles. En un momento dado, Rn. se levantó a subir el volumen del equipo de música, y entonces, un estornudo salió de su cuerpo, haciendo que temblase hasta la vitrina del mueble. Estaba de espaldas a mí, así que no conseguía verle la cara.

“ ¡Salud, Rn.! ¡Menudo estornudo, eh! ¿Se te han caído los mocos?”

Mientras le pregunto, voy sacando un kleenex de mi bolsillo. El, sobresaltado, mira hacia abajo. Da una vuelta girando sobre sí mismo, sin apartar su vista del suelo ni un segundo. Y solo entonces, cuando está seguro de haber hecho una comprobación exhaustiva, levanta la cabeza y me mira. De su nariz cuelgan dos regueros verdes.

“No, ama, no se me han caído. Los tengo aquí, en la nariz”.