Motes (y III, por fin...)
Y el último caso relacionado con los motes sobre el que me paré a pensar, es de hace relativamente poco tiempo, mes y medio más o menos. Ya comenté que en septiembre estuve unos días de ¿vacaciones?, cuando Rn. comenzó a ir a la escuela, para estar con él y observarle de cerca en esos críticos días de adaptación. Y cuando volví a mi trabajo…. ¡Sorpresa!... estaban pintando toda la nave, tanto por fuera como por dentro. Hacía más de un año que habíamos pedido presupuesto para la pintura, y después de tanto retraso para comenzar, y para corroborar una vez más la famosa ley de Murphy, lo hacían en el peor momento: en el primer trimestre de mi embarazo. Como la toxicidad de la pintura puede ser peligrosa en esa etapa (y, en realidad, durante todo el embarazo) tuve que decirle a mi jefe que yo no podía estar allí mientras los pintores no terminasen. Mi oficina, además, es un espacio abierto, muy amplio, que comunica mediante una escalera con la planta baja, unos 200 metros de exposición con muchos muebles para mover a la hora de pintar. Así que tenía para varios días. Teniendo en cuenta que además los pintores resultaron ser bastante, bastante lentos, la cosa derivó en unos quince, que pasé en mi casa con un portátil, un móvil y parte de mis papeles para poder hacer desde allí lo que buenamente pudiese (si a los diez días de vacaciones, le sumaba quince sin dar palo, la torre con la que podía encontrarme al regresar, ríete tú de las Gemelas… y los nervios de mi jefe… ufffff… para qué contar).
Y de este modo Rn. se encontró con que su madre estaba en casa todas las mañanas cuando él se levantaba, “escribiendo” en un ordenador “nuevo” que había puesto en la mesa del salón. A Rn. le encanta “escribir” en el ordenador. De vez en cuando le dejo que se siente en la silla del escritorio, le abro una página de Word, y le dejo que teclee un rato. Se lo pasa genial. “¡Amaaaaaa! ¡Mira lo que me ha salido!” “¡Amaaaaa! ¡Mira cuanto he escribido!”. Así que enseguida quiso escribir también en el ordenador del trabajo.
- Ama, quiero en ese ordenador.
- No, Rn. En este ordenador no puedes escribir.
- Pues yo quiero en ese ordenador.
- No, Rn. Este ordenador es del trabajo de amatxu. No lo puedes tocar, porque no es nuestro. Es de mi jefe.
- ¿Te lo ha dejado?
- Si. Me lo ha dejado para que trabaje. Pero no se puede jugar con él, porque se lo tengo que devolver a mi jefe. Así que este ordenador no puedes tocarlo ¿vale?
- Si. ¡Ama, mira, mira! ¡Está enganchado!
- ¿Qué está enganchado?
- Si, ama, mira. ¡El ratón está enganchado!
Aquí casi me despiporro. Rn. está acostumbrado a usar el ratón inalámbrico, y el ver un ratón unido por un cable a un ordenador le llamaba la atención. Hace cuatro días nos asombrábamos de poder utilizar un ratón y un teclado sin cables, y ahora resulta que los niños no conciben lo contrario… Este mundo va demasiado rápido, más de lo que a mí me gusta….
Y así pasábamos un ratito todas las mañanas, antes de que él se fuese a la escuela. Yo trabajando, y el sentando en el suelo, a mi lado, con su portátil de juguete sonando sin parar:
- E-li-ja u-na ca-te-go-ría
- ¡Mira, ama, el ordenador dice categoría! ¡Categoría!
- Le-tras, nú-me-ros
- ¡Letras! ¡Números!
Siempre había pensado que trabajar desde casa estaría bien, pero en mi caso resultaba muy limitado. Continuamente me faltaban papeles, carpetas del archivo para consultar, y además, la correspondencia se recibe en la empresa, suponía que se estaría acumulando encima de mi mesa, y poco a poco me iba quedando sin mucho que hacer. Así que el sábado por la mañana le pedí a Ro. que me acercase a la oficina para dejar cosas que ya tenía acabadas y recoger papeles para poder seguir trabajando el lunes siguiente. Y resultó que en la oficina estaba mi jefe, que también se había acercado a adelantar algo de trabajo. Mi jefe es un señor que no me atrevería a tildar de obeso, pero que sí tiene un evidente sobrepeso. Y la mayor parte de sus empleados, cuando se refieren a él a sus espaldas, le llaman “El Gordo”. No sé por qué, cuando pienso en un mote despectivo, siempre lo veo así, con mayúsculas…. Yo siempre le llamo por su nombre, esté él delante o no. Incluso aunque haya discutido con él por cualquier motivo, cuando llego a casa y me desahogo con Ro., ambos nos referimos a él como Al., nunca como Gordo. Rn. sabe que mi jefe se llama Al. Aunque le había visto en alguna ocasión, cuando era más pequeño, deduje que no se acordaría de él.
- Mira, Rn., este señor es Al.
- ¿El jefe?
- Sí, el jefe (risas tanto por parte de mi jefe como por la mía)
- ¿El del ordenador?
- Sí, el del ordenador (más risas)
- Te lo ha prestado. Pero no se puede tocar. Aita, si tocas, muy mal…..
Resulta encantador ¿verdad?
Pero entonces me paré a pensar que hubiese sucedido si Rn. me oyese habitualmente referirme a mi jefe como El Gordo.
- Mira, Rn., este señor es mi jefe
- ¿El Gordo?
Vaya. Ya no tan encantador…. Seguro que no hubiese habido risas.
Demasiado a menudo oigo quejas sobre los niños de ahora. Son maleducados, agresivos, no valoran nada, son irrespetuosos. Pero ¿qué ejemplo les damos? Cada vez valoramos menos las cosas, sólo nos oyen decir que queremos más, siempre más, conducimos con agresividad, contestamos con agresividad, desprestigiamos a otras personas cuando ellas no están delante, y a veces incluso aunque lo estén…. Somos el espejo en que se miran, y ellos el reflejo que devolvemos.
Espero que mi hijo, mis hijos, no utilicen motes…





theo dijo
Muy interesante reflexión... es cierto, los niños son esponjas que absorben todo... no meten la pata, somos nosotros los que la metemos la referirnos con términos despectivos o insultantes a personas o cosas... Si ya desde pequeños los impregnamos de esas negativas sensaciones hacia quienes nos rodean, ¿qué nos extraña que después salgan como salgan?
Saludos! (y gracias por pasarte por mi casa)
14 Noviembre 2007 | 11:53 AM