El segundo episodio relacionado con los motes que he recordado estos días también es de hace unos cuantos añitos. En concreto, de cuando Ro. y yo comenzábamos nuestra relación. Yo tenía veinticuatro años, y Ro. treinta y tres. Por aquella época, cuando aún no estaba muy claro si éramos novios o qué éramos exactamente, Ro. me hablaba mucho de su “cuadrilla del pueblo”. Ro. veraneaba desde hacía unos años en un pequeño pueblo de Alava, donde sus tíos tienen una casita. Pasaba allí el mes de vacaciones, y también buena parte de los fines de semana entre semana santa y octubre, más o menos. La verdad es que por aquel entonces casi vivía más para ir a aquel pueblo que para otra cosa. Trasladarse allí era una especie de válvula de escape. Supongo que era debido a que tenía ciertos problemillas en el trabajo, a que casi todos sus amigos de siempre estaban emparejados, a que le pilló sólo esa época de la vida en que no sabes si vas para atrás o para delante… Por sólo quiero decir sin pareja, porque (aunque yo no estoy para nada de acuerdo) aún sigue siendo una especie de estigma social pasar de los treinta y no tener pareja habitual… cambiar de pareja continuamente si está bien visto, pero vivir unos cuantos años sin necesidad de compartir tu vida con ninguna otra persona, no tanto… Quizá él discrepe de mi opinión cuando lea esto, no sé, al fin y al cabo es un arranque de psicología de todo a 0,60. Si fuese así ya lo comentaré…

Bueno, como decía, a Ro. le encantaba ir al pueblo, y tenía en mucha estima a sus amigos de allí. Me los describía como una especie de piña, un grupo enorme integrado por personas de diversas edades que se movían juntos a todas partes (verbenas, piscinas, campings…). De hecho, cuando les conocí, supe que algunos de ellos se autodenominaban “el clan”. Por supuesto, cuando escarbé un poquito dentro, descubrí que en el supuesto clan había mas roces que en mis botas color salmón de tacón de aguja, pero eso es otra historia…

Y entonces me habló de su mote. Casi diría que orgullosamente, la verdad. Al parecer, en aquella cuadrilla casi todos tenían un mote, y estaban encantados con él. De hecho, me aseguró que había personas en el pueblo que desconocían su verdadero nombre. De entrada, eso ya no me gustó. No es que fuese un mote despectivo, pero los motes sin sentido no me gustan, no lo puedo evitar. Me parece una manera estúpida de colgar sanbenitos, sea por el motivo que sea.

El primer verano de nuestra relación pasamos las vacaciones separados. Yo me fui a Galicia, al pueblo de mi madre, y él al pueblo de sus tíos. Pero de vez en cuando nos llamábamos. El a casa de mi tía, y yo al teléfono del único bar del pueblo, ya que en casa de sus tíos no había (no hay) teléfono, y en aquel entonces los móviles aún eran privilegio de los mas pudientes. Y claro, en aquel bar podía cogerte el teléfono cualquiera, así que Ro. me dijo “cuando me llames, no preguntes por Ro., pregunta por Pmi (omito el mote completo) porque así te pasarán seguro conmigo. Es que hay gente que solo me conoce así, no saben ni como me llamo”. Así que aquel verano, hice de tripas corazón, y cuando le llamé por teléfono pregunté por Pmi. Sólo he usado ese dichoso mote por teléfono. Cuando en el pueblo me conocieron personalmente, supieron que yo me llamaba Ma., y que oficialmente era la pareja de Ro., di por supuesto que todos podían dar por supuesto que si Ma. hablaba de Ro., se refería a ese Ro., por-que Ro. era su au-tén-ti-co nom-bre. Así que nunca, nunca jamás, ningún miembro de esa cuadrilla me ha vuelto a oir llamar a Ro. de ninguna otra manera que no sea por su nombre propio. Por supuesto, huelga decir que no cuadré en ese grupo de personas. Nunca. Al principio me pesaba un poco, porque sabía que eran importantes para Ro., pero con el tiempo dejé de pensar en ello. Su opinión no era importante para mí. Ya comenté que yo no había sido precisamente nunca la reina de la fiesta. No soy excesivamente locuaz ni divertida, sino que soy bastante seria y reflexiva (muy sonriente y con bastante sentido del humor, pero parece ser que emito un halo de seriedad). En cambio Ro., en ese aspecto, es completamente diferente a mí. El puede amenizar cualquier reunión con dos chistes o cuatro palabras graciosas (aunque también puede ser el mas huraño de la fiesta, depende de si las personas entre las que se encuentra le gustan o no). Por eso, él era aceptado en aquel grupo, y yo… pues no tanto. Les gustaba, además de poner motes, no hablar nunca en serio, reirse los unos de los otros recordando quién había cogido la borrachera mas fuerte el fin de semana, estar siempre de fiesta…Como nota aparte diré que, después de varios años, intuimos, sólo intuimos, las ideas políticas de algunos de ellos (contrarias a las nuestras, por cierto), porque la política, la problemática social, la cultura, etc… nunca eran temas de conversación. En fin, era uno de esos típicos grupos en los que yo, aún estando rodeada de muchas personas, siempre me he sentido sola, muy sola, fuera de lugar. Pero, gracias a eso tengo que decir que, entre aquel grupo de amigos, yo no cuento con ningún mote, al menos, nadie ha osado utilizar ninguno cuando yo estoy presente. Aunque aún, algunas veces, tengo que seguir soportando escuchar como alguno de ellos llama Pmi a Ro. Sólo espero no sufrir algún día un arrebato como el que sufrí con Macías. Aunque, pensándolo bien… quién sabe….quizá hasta sería deseable…

Continuará….. (me estoy aficionando a esto de escribir por partes, oigan).