Motes
Hace pocos días comentaba que algo que no soporto de algunas personas es la tendencia a poner motes despectivos. Me parece, en principio, un síntoma de crueldad. Y además, siempre he sentido que cuando una persona necesita utilizar un mote para desprestigiar a otra, es que no tiene los suficientes argumentos sólidos a los que agarrarse para hacerlo de una manera mas justa. Ya dije que yo nunca había utilizado motes, ni siquiera durante mi niñez, esa etapa en la que se supone que la crueldad, la inocencia y el exceso de sinceridad aún no están lo bastante pulidos con la lima de la ¿hipocresía? ¿educación?, haciendo que nos expresemos sin tapujos (aunque yo sobre esto tengo mis dudas, bastantes).
Pues estos días han venido a mi cabeza varios episodios de mi vida relacionados de una o otra manera con este tema, el de los motes, algunos de hace varios años y otro muy reciente.
Recordaba cuando, hace casi veinte años, yo cursaba 3º de BUP. Me sentaba, junto con mi amiga Bn., en la anteúltima fila de la clase. A pesar de que me ganaba el sobrenombre de “empollona” (el único mote del que he sido objeto en mi vida, al menos que yo sepa) siempre me sentaba en las últimas filas, y empollar, lo que se dice empollar, empollaba mas bien poco, pero mis notas eran excelentes. Desde siempre me ha gustado romper tópicos. Como decía, nos sentábamos en la anteúltima fila, y detrás de nosotras se sentaban dos chicos con los que hacíamos muy buenas migas, Pedro y Javier. Eran simpáticos, nos reíamos mucho con ellos, y, sobre todo Pedro, era muy, muy buena persona. Aún hoy, después de tantos años, le guardo un cariño especial. Era, y es, un tipo grandote, gordote, con cara de bonachón, que ya en aquella época llevaba barba, y con un cierto deje extremeño, a pesar de haber vivido toda su vida en Bilbao. La última vez que le vi, habían pasado varios años pero seguía exactamente igual. A Javier todo el mundo le conocía por Macías, su apellido. La verdad es que siempre me pareció algo un poco lioso, porque eran varios hermanos en el instituto, y todos eran conocidos por el apellido, con lo cual uno nunca sabía a cual de todos los Macías se podía estar haciendo referencia en una determinada conversación. Macías era feo, ¡muy feo! pero lo suplía con una gran simpatía y mucho sentido del humor. Pero, tenía un defecto. A su compañero nunca le llamaba Pedro, sino Gordo, así, con mayúscula, o al menos, así lo sentía yo, ya que llegó un momento en que Gordo pasó casi a ser su nombre real. “Gordo ¿tienes un cigarro?” “Gordo ¿me pasas los apuntes de filo?” “Gordo ¿quedamos esta tarde?” “¿Habéis visto al Gordo?”.
Ya comenté también que uno de mis mayores defectos es que carezco de medias tintas, y que no muestro mis enfados poco a poco, sino de golpe y de manera brutal, cosa de la que luego suelo arrepentirme. Así que un buen día, y la verdad es que no sé muy bien por qué, tras oír en un cambio de clase como le llamaba varias veces Gordo, no pude más y exploté. Me giré en mi silla, y le espeté “¡Pedro! ¡Se llama Pedro! ¿Te importaría llamarle por su nombre? No se llama Gordo, ¡SE LLAMA PEDRO! El que una persona pese más kilos que tú no te da ningún derecho a llamarle Gordo. Tiene un nombre, así que ¡USALO! ¡TÚ ERES FEO, MÁS FEO QUE UN BICHO! ¡Y TODOS TE LLAMAMOS MACÍAS!”. Sé que mi cara se tornó color granate, porque la notaba a punto de explotar, pero la de ellos se quedó blanca. Ninguno dijo nada. Yo tampoco añadí nada más. Y la clase comenzó y terminó como si nunca hubiese sucedido lo que acababa de suceder. Como ya dije, soy bastante tímida (y a los diecisiete, aún lo era mas) y, aún sabiendo a ciencia cierta que tengo argumentos válidos en una discusión, siempre siento una cierta inseguridad a la hora de plasmarlos. Así que, durante unos días, me arrepentí un poco de haber perdido los papeles de esa manera, de haber gritado así, y de haber llamado feo a Macías. Al fin y al cabo, la belleza o fealdad son bastante relativas, y yo no soy nadie para decirles a los demás si me parecen feos o no, al menos cuando no me han pedido su opinión (también hablé del exceso de sinceridad ¿verdad?). Pero…. funcionó. Mi explosión funcionó. Como no soy una persona que suela perder los papeles, cuando esporádicamente los desparramo los demás saben que estoy enfadada de verdad. Muy enfadada. Y supongo que Macías recapacitó y pensó que mi enfado, aunque mal manifestado, tenía su motivo. Y nunca, jamás, al menos en mi presencia, volvió a llamar Gordo a su compañero. Desde entonces volvió a ser Pedro, que, por cierto, es un precioso nombre.
Continuará….. (es que esto me estaba saliendo demasiado largo, y no es cuestión de que nadie se duerma leyéndome).






theo dijo
Rayos, puedo imaginarme el estallido de furia! En el nombre de todos los que en el Instituto pesábamos unos quilos de más, ¡gracias! Aunque 'gordo' dejaron de llamármelo en el Colegio, el sambenito nunca desaparece del todo... ni siquiera cuando ya no lo estás.
Un saludo
9 Octubre 2007 | 09:37 AM