Identidad caducada
Estoy disfrutando de unos días de vacaciones. Perdón, de no hacer acto de presencia en mi trabajo habitual. Porque vacaciones, lo que se dice vacaciones, pues no. Debido a que Rn. ha comenzado este año su incursión en el sistema educativo, Ro. y yo decidimos coger cada uno diez días de vacaciones en septiembre para afrontar con él estos primeros días de adaptación. Comenzó el día diez, y el viernes catorce ya no tuvo clase, debido a que el día de la virgen de
Rn: Ama, ¿ya has hecho el reneí?
Yo: No, cariño, otro día lo hacemos
Rn: ¿Hoy tampoco te han dejado?
Yo: No, cielo. Tengo que volver otro día.
Rn: El policía te va a poner una multa
Yo: Sí, hijo, es que ama ha hecho mal
Rn: Sí, has hecho muy mal, y el policía te va a reñir mucho, mucho…
Lo malo es que ahora, cuando ve a cualquier persona con uniforme, sea un municipal que regula el tráfico o un vigilante de
Al hilo del tema, aunque en realidad no tiene nada que ver, comento una cosa que esta mañana, mientras estaba en la cola de la cárcel (pasaba de volver a Bilbao, y en Basauri, el DNI se renueva en la cárcel) me ha llamado la atención. Estaríamos unas veinte personas haciendo fila, cuando a una chica muy joven, unos veinte, que estaba unos tres puestos por delante de mí, le ha sonado el móvil.
- “Perdón ¿le importa guardarme el sitio? Es que tengo una llamada” – le ha dicho al señor que se encontraba tras ella. Y se ha apartado unos cuantos metros para atenderla.
“Vaya, qué detalle” – he pensado – “menos mal que aún quedan personas a quienes se les ocurre pensar que pueden molestar a los demás con sus conversaciones privadas, que de privadas normalmente no tienen nada, porque no sé por qué, la gente habla a gritos por el móvil”. Su teléfono ha sonado dos veces más, y ella ha vuelto a hacer lo mismo. Se ha dirigido al señor que se encontraba detrás, pidiéndole disculpas, y ha vuelto a apartarse para atender las llamadas. La verdad, he sentido algo parecido a la admiración. Y pensando en ello, me ha chocado aún mas, por lo triste que resulta, que lo que cause mi estupor sea la buena educación, y no la mala. Que lo que esté fuera de lo común sea el respeto y la atención hacia los demás. Que lo que cause nuestro asombro y nos haga reflexionar sean los comportamientos que por lógica deberían considerarse correctos, y no los deplorables. Y entonces me he dado cuenta de que últimamente me sucede cada vez más a menudo. Y que me encuentro felicitando al conductor de autobús que me arrima la plataforma lo suficiente como para que pueda subir la sillita de Rn. sin hacer malabarismos, y se preocupa de preguntarme en qué parada me voy a bajar para volver a hacer lo propio. Que doy las gracias repetidas veces con la sonrisa mas grande que tengo cuando cualquier dependient@ me explica con todo lujo de detalles el funcionamiento del cacharro que estoy pensando adquirir. Que me entran ganas de besar a la persona a la que pregunto por una calle y hasta me acompaña un tramo para indicarme mejor. Que invitaría gustosa a un café a la chica que el jueves recogió mi móvil cuando se me cayó de la capota de la sillita de Rn., y media hora mas tarde, cuando me di cuenta y le pedí el móvil a una amiga para autollamarme, por si lo había guardado en otro sitio distinto del habitual y no lo estaba viendo, contestó a la llamada y hasta se ofreció a acercármelo donde yo estuviese. Que sí, que queda gente buena en el mundo. A veces hay que rascar un poco para encontrarla, entre tanta capa de porquería. Pero haberla, hayla. Lo triste es que nos asombremos de ello.
Y volviendo al tema principal, ese del que no quería hablar y no hablaré, osea el DNI. En realidad no es que tenga tampoco mucho que ver. Solo comentaré que, ya cómodamente sentada dentro de la comisaría, con el documento caducado y las nuevas fotos en la mano, antes de que me despachasen con cajas destempladas de vuelta a mi casa, me ha dado por comparar las fotos. La diferencia entre ambas es exactamente de siete años. Septiembre de 2000 y septiembre de 2007. Pero curiosamente el gesto en ambas es idéntico. La posición de la boca, la de los ojos, la cara levemente girada hacia la izquierda. El peinado difiere levemente, pero como siempre, la melena muy larga. Observándolas mas atentamente, no aprecio que haya mas arrugas (en una foto tamaño carnet es difícil apreciar arrugas, todo hay que decirlo). Observo en la actual el surco nasogeniano, o sanogeniano, o como demonios se llame ese surco que según las revistas femeninas y la publicidad tanto debemos temer. Pero en la de hace siete años, cuando aún no tenía treinta, el surco de las narices, bueno, de las narices a los labios, es exactamente el mismo. Y entonces me he fijado un poco mas, como buscando las siete diferencias: “No, Ma., ya no estás igual. Ahora estás mejor. Mucho mejor”. Debe ser que estoy aprendiendo a quererme un poco más cada día que pasa.
He intentando escanear las fotos, para que averiguáseis en cual tengo veintinueve y en cual treinta y seis, pero tengo algún problemilla cuya solución desconozco con el aparatito escaneador. Así que de momento sigo en el anonimato. Y con mi identidad caducada…





Lidia Cervantes dijo
No, amiga no. Tu identidad está más actualizada que nunca. Actualizada dentro de tí. Preguntale a tus dos admiradores incondicionales si te cambiarían por alguna otra... Entoces por qué vas a hacerlo tu.
Encuanto a lo de las buenas personas; te entiendo perfectamente a mí me pasa igual. Me asombro y sobrevaloro cualquier gesto amable o de buena educación. Pero si que existen si, lo que pasa es que no suelen hacer ruido y no son noticias. Pero yo me muevo en un mundo que está lleno de buenas personas, el mundo del voluntariado, y creeme que son, sois, somos... Muchos las buenas personas. Quizás habría que darles publicidad a bombo y platillo.
Un beso y, nada, ¡Suerte con el proximo intento.
17 Septiembre 2007 | 04:02 PM