Estoy acabando de leer “Solas”, de Carmen Alborch. Tiene unos añitos, pero aún no lo había leído. Me está gustando, la verdad, como casi todas las lecturas que me hacen constatar una vez más que en realidad no me conozco del todo, y que siempre puedo molestarme en conocer un poco más a los demás.

Hay unos párrafos que me gustaría destacar, sobre mujer, familia y maternidad…

“En la medida en que las mujeres se convirtieron en protectoras, no aprendieron a desarrollar un núcleo central fuerte o un ego autónomo; más bien interiorizaron su obligación de agradar y el sentido de que su identidad dependía de una relación constante con los demás. Incluso hoy, cuando ya no es necesario mantener la división del trabajo, las mujeres cultivan su generosidad característica. Si una mujer decide reducir sus niveles de acceso a los demás, se la califica como fría, egoísta o poco femenina. Se la mide y juzga espiritualmente por su generosidad y empatía, y físicamente por su atractivo y accesibilidad. De hecho, la mayoría de las personas han crecido con la creencia de que la accesibilidad de la madre es algo seguro: su mente, su cuerpo, su atención y su espacio están al servicio de los demás, por tanto no dan ninguna importancia al hecho de distraer su concentración o al imposibilitarles gozar de la soledad.

Es frecuente que los pensamientos de las madres se concentren en su preocupación por los demás o en la culpa que sienten por algo que no han hecho suficientemente bien. De hecho, las mujeres siempre han creído que se las amaba por su disponibilidad para los demás, confundiendo así el amor con la necesidad. Se explica de este modo la soledad profunda que sienten—que a veces les lleva a la depresión— cuando se han dedicado en exclusiva a su familia y ésta ya no precisa de su esfuerzo cotidiano. El sentimiento de vacío que tienen por no haber construido una vida propia es inmenso. Incluso las mujeres que desde el punto de vista intelectual se han ocupado de sí mismas, emocionalmente no siempre lo han hecho. Deberíamos aprender a combinar la autonomía que antes se atribuía sólo a los hombres con la compasión que históricamente han cultivado las mujeres. Fomentar la atracción erótico-sentimental de las personas trabajando los aspectos masculinos y femeninos. Las relaciones amorosas se cimentarían desde la igualdad y desde la interdependencia.

Aunque las cosas se hayan modificado algo porque cada vez hay más mujeres que trabajan fuera de casa y más padres que se involucran en la crianza de los hijos, la mayoría de los niños siguen teniendo la figura femenina como referencia primordial. Sin duda, la maternidad compartida representa un avance importante, aunque no conlleve automáticamente un cambio en las relaciones de poder. Supone una serie de ventajas, entre ellas que proporciona la oportunidad de unas relaciones más igualitarias, nuevos modelos de socialización que pueden romper la percepción infantil del carácter perfectamente diferenciado por géneros y libera a las madres de serlo a tiempo completo, permitiendo a los hombres un mayor acceso a los hijos.

Se podría aventurar que si el trabajo de cuidar y educar a los niños fuera equitativamente compartido por ambos, si el lazo con los hijos fuera igual en ambos casos y la separación afectara a los dos en la misma medida, tal vez podría ajustarse el gran desequilibrio cultural existente. Quizás ya no se volverían contra la madre, no sentirían la necesidad de engrandecer a los hombres mientras se empequeñecen a sí mismas. Por contra, podrían sentirse auténticas, vivirían su propia subjetividad y asumirían su plenitud.

Creo que mayoritariamente coincidiríamos en que la solución del problema depende de la educación, del aprendizaje desde el inicio de la vida, cuando comienzan a asimilarse los modelos y los roles. Al menos así pensamos quienes entendemos que como seres humanos tenemos la capacidad de cambiar las condiciones de nuestras vidas y que es preciso hacerlo si queremos plantearnos un nuevo enfoque psicológico de los niños y las niñas. Y una forma posible de eliminar los estereotipos e ideas sobre el papel sexual desde la misma infancia es crear un ambiente en el que participen el padre y la madre por igual, quienes además han de ser capaces de afrontar la crianza sin esperar que el hijo o la hija llene un vacío en sus vidas, ni que resuelva su propia insatisfacción. Para renegociar el «contrato» de la familia heterosexual, es preciso compartir plenamente la paternidad.

Establecer un nuevo equilibrio que permita a hombres y mujeres participar al mismo tiempo en el mundo interno del hogar y en el mundo exterior. En definitiva, no es sólo que se compartan la maternidad y las responsabilidades familiares, sino que al interconectarse las esferas pública y privada todo cambia.

Si el niño recibe atenciones del padre y de la madre, existen dos personas fundamentales en su mundo y en su bienestar, y compartirá con ambos aspectos de su personalidad. En cuanto a la niña, observará que tanto su padre como su madre salen al mundo exterior y regresan a casa, con lo que será testigo de la capacidad de la mujer para ser independiente. Al empezar a identificarse con su madre en razón del sexo que comparten, comprobará que es posible que ocurran cosas en su propia vida. Verá el mundo fuera del hogar como un espacio al que tendrá acceso, de la misma manera que su madre, y no aprenderá a relegar sus necesidades. Crecerá, pues, sabiendo que puede desarrollarse de la manera más completa y autónoma, y será capaz de disfrutar de su cuerpo.

Las mujeres y los hombres serán interdependientes, capaces de ofrecer ayuda y de recibir amor y atención. Nos podremos sentir verdaderamente autónomos al admitir, como un hecho natural de la vida humana, la necesidad que tenemos de los demás.

Pero como no resulta posible forzar el cambio psicológico, necesitaremos una estructura y una atmósfera que permitan superar las resistencias y dificultades con que tropezamos, teniendo en cuenta que la familia nuclear, la familia tradicional, cuenta todavía con muchos apoyos. De ahí la necesidad de un nuevo contrato social entre hombres y mujeres.”

Sobre el mensaje en sí no voy a comentar nada. Ya lo hace la autora estupendamente, así que mi crítica no tiene mucha razón de ser.

Pero si me gustaría decir algo sobre esas frases que he resaltado en negrita. La mayor parte de las mujeres de mi generación que conozco, al menos las que como yo, son madres y trabajan fuera de casa, constatarían sin dudar esas frases. Hasta hace cuatro días el mundo de la mayor parte de las mujeres se reducía a su hogar, al cuidado de sus maridos y de sus hijos, sin tener en cuenta que ellas también eran personas y como tales necesitaban dedicarse un poco de su tiempo. Ahora es distinto. La mayor parte de las mujeres seguimos teniendo hijos, pero no queremos renunciar a nuestro trabajo (o, en muchos casos, no podemos), a nuestra independencia económica, física y psicológica, y por supuesto, tampoco a nuestra individualidad, a preocuparnos también por nosotras mismas, en todos los aspectos. Pero hay una cosa que me llama poderosamente la atención. La mayor parte de las mujeres que conozco que, como yo, tienen niños y trabajan fuera del hogar, tienen por detrás un fuerte, y cómodo, respaldo. Sus propias madres. Esas madres que vivieron su juventud cuidando abnegadamente de sus maridos e hijos, y ahora viven su madurez, o su vejez, cuidando de sus nietos, y en muchos casos, continúan haciéndolo también de sus hijos, a los que a menudo siguen poniendo el plato en la mesa a diario, e incluso también, muchos fines de semana. Me llama la atención porque esa libertad, esa independencia que queremos para nosotras, no la hacemos extensiva a nuestras madres. Continuamente oigo a mi alrededor que estas mujeres están encantadas de ocuparse de sus nietos. Pero las conversaciones de parque que muchas veces mantengo con estas abuelas, que cuidan de amigos de mi hijo, no me convencen de ello. “Hay que ayudar a los hijos” “Es que es mucho, la casa, el trabajo, el niño, tengo que echarle una mano” “Que le vamos a hacer, mientras el niño sea pequeño, no me queda mas remedio que encargarme de él” “…y qué le vas a hacer hija, para eso estamos”. Qué queréis que os diga, pero estas frases no me parecen dichas por mujeres que realmente disfrutan con lo que hacen, sino por mujeres que, desde siempre, están tan acostumbradas a sacrificarse por los demás que ni siquiera son conscientes de que lo hacen. Y que en el fondo sufren de un cierto sentimiento de culpa si expresan sus verdaderos deseos y sus verdaderos sentimientos, so pena de que las tilden de malas madres, porque solo han aprendido a dar sentido a sus vidas satisfaciendo las necesidades de su familia. Y aunque a veces quizá desearían rebelarse contra ese hecho, suele poder más la cultura en la que se han criado y la educación que han recibido. No digo yo que las abuelas y abuelos no disfruten mucho con sus nietos, no. Pero estoy segura de que no disfrutan lo mismo cuando los ven de vez en cuando, un ratito, o incluso a diario, y juegan con ellos, que cuando su cuidado y las atenciones que un niño necesita son su responsabilidad y no un placer que se permiten cuando les apetece. Hace poco, la madre de mi amiga Sa., embarazada de pocas semanas, y que ya tiene un niño de la edad de Rn., me felicitaba por mi embarazo (obviamente, antes de sufrir el aborto):

- ¡Enhorabuena, Ma.!

- Gracias. Enhorabuena a ti también, que vas a ser otra vez abuela. ¡Qué casualidad! Nos hemos quedado embarazadas casi a la vez. Así pasaremos la baja juntas, nos haremos compañía…

- Si…ehhhh… ¿no te dijo Sa. que me enfadé un poco?

- Noooo… ¿¡te enfadaste!? ¿pues?

- Pues porque yo ya estoy mayor, me canso, y dos niños para mí son mucho. Uno pase ¡pero dos!....

Mi amiga y su marido aseguran que la abuela está encantada de ocuparse de su hijo Ar., pero ella no se muestra tan “encantada”…

Sé que conciliar trabajo y maternidad/paternidad no es fácil. Ro. y yo lo sufrimos en nuestras propias carnes. El permiso de maternidad es irrisorio. Las ayudas por reducción o excedencia tampoco dan para mucho. Estamos a años luz de otros países europeos. Pero además el problema es que cualquiera no puede permitirse siquiera reducir la jornada, no ya por el tema económico, sino porque puede peligrar su puesto de trabajo. Cuando trabajas en una empresa privada y pequeña, reducir la jornada o pedir una excedencia puede suponer dar muchos pasos para atrás. Demasiados. En este tipo de empresas, los puestos no están muy bien definidos, y puedes encontrarte pasando de ser jefa de departamento a organizar un archivo en cuatro días. Además las plazas en guarderías son insuficientes, y si tienes la inmensa suerte, como tuvimos nosotros, de encontrar una, el sablazo a la economía familiar es importante. En nuestro caso, desde que Rn. tenía cuatro meses, ha supuesto 240 euros mensuales. Es privada, pero la pública, a la que no pudimos optar porque no cubría nuestro horario de trabajo, hubiese supuesto 180 euros. El ahorro no hubiese sido mucho, y además hubiésemos tenido que llevarle nosotros la comida preparada todos los días. Pagar a una persona para que se ocupe del cuidado del niño en las horas en que los padres no podemos hacerlo también es caro, y claro, es más fácil y más cómodo tener una persona que lo haga gratis, y además ofrezca disponibilidad total. Y quién, sino una madre…

Muchas personas aducen que no pueden pagarse una guardería cuando los niños son muy pequeños, o que no pueden pagar a una persona para que les lleve al colegio por las mañanas y les recoja por las tardes. No siempre es cierto. En muchos casos sí pueden, pero si se lo ahorran, pueden disfrutar de otras cosas. A mi alrededor tengo varios casos:

- La misma Sa. Acaban de vender su piso de dos habitaciones para comprarse otro de tres, dos baños, trastero, garaje, terraza impresionante de veintitantos metros cuadrados… Tanto ella como su marido visten de marca. El niño va a ikastola privada. No se privan de comer y cenar fuera, vermout por las mañanas y cervecita por las tardes. Y sueñan con la posibilidad de cambiar de coche. Coste de niñera: 0 euros.

- Mi amiga A.E. Dos niños, que se llevan quince meses entre ellos. Asegura no poder reducir jornada ni pagar a una persona para ocuparse de sus hijos. Este curso ya no llevará a sus hijos a la escuela pública, sino a uno de los más prestigiosos colegios privados. “Al niño le hicieron un test de inteligencia, allí no admiten a cualquiera…”. ¡Fíjate tú!. Aquí aclaro que en las estanterías de su casa no puede encontrarse ni un solo libro. Ni tan siquiera uno. ¿?. Además de su piso, amueblado a capricho (el mueble del salón costó mas de un millón de pesetas, hace casi diez años), están pagando un chalecito en un pueblo de Avila, donde pasan las vacaciones. Coste de niñera: 0 euros.

- Mi amiga Bn. Su niña también estudia en colegio privado. “En el mismo al que mi jefe lleva a sus hijos. Mi hija no va a ser menos que los suyos. ¡Está mas contenta con su uniforme…!”. Sus padres tienen que madrugar y desplazarse en coche hasta su casa, para levantar a la niña y montarla en el autobús que la lleva al colegio. Bn. y su marido tienen un coche cada uno. Este año estaban pensando en cogerse una semanita de vacaciones en octubre para ir a la República Dominicana “sin niña, claro, la dejaremos con mis padres”. Coste de niñera: idem.

- La hermana pequeña de Ro. Trabaja solo a temporadas, casi siempre en verano, cuando sus dos hijas, de seis y ocho años, están de vacaciones. Entonces su madre, la abuela de Rn., de, agarrarse ¡ochenta y un años! se ocupa del cuidado de las niñas. Pagan un pisito en la playa para pasar las vacaciones, y una lonja en el edificio de su vivienda habitual. El coste de la niñera no es necesario que lo diga.

- Mi hermana C. Se independizó, como lo hicimos todas las hermanas, a los veintipocos. A los veinticuatro ya era madre. Cuando el niño tenía dos meses, se separó de su pareja, y volvió al nido materno, donde aún continúa, ahora que mi sobrino tiene siete años. En su caso no tiene propiedades en las que emplear su dinero. Ninguna. Su problema es que tampoco se preocupa de tenerlas. El coste de la niñera… bueno, ya me callo…

Por supuesto, no quiero dar a entender que la culpa de estas situaciones sea de las mujeres. He hablado en femenino porque se trata de personas, en este caso mujeres, cercanas a mí. La crianza de un hijo no es solo responsabilidad del género femenino, ni es la mujer la única que debería afrontar los problemas que dicha tarea plantee. Pero por eso mismo, porque entiendo que no es sólo tarea de la mujer, pienso que no debemos traspasar el problema a otra mujer, sólo porque sea de otra generación. Es muy bonito llenarse la boca en conversaciones de café hablando sobre lo que ha tenido que luchar La Mujer, con mayúsculas, para conseguir que se le reconozcan sus derechos y su libertad, mientras cargamos a otra mujer, a la que vemos con minúsculas, solo por el hecho de ser nuestra madre, o la madre de nuestra pareja, con las responsabilidades que, precisamente en pareja, debemos compartir.

Sé que es difícil. Ya he dicho que lo vivo en primera persona. También sé que hay personas que, efectivamente, tiran de la ayuda de los abuelos porque realmente no se pueden permitir otra cosa. No me gusta generalizar. Pero a mi alrededor veo muchos casos, demasiados, en que el único problema es, como decíamos de niños, “mucho morro”. Egoísmo, simple y llanamente.

Mi madre trabajó de soltera. Recién llegada de una aldea de Galicia, limpió casas y cuidó niños, como interna. Más tarde, mejoró un poquito y comenzó a trabajar en fábricas. En su último trabajo, tenía posibilidades de acceder a un puesto de oficina, solo con que aprendiese a escribir a máquina. Pero entonces se casó, dejó de trabajar, y durante aproximadamente quince años solo se dedicó a cuidar de su marido, de mí, y de las gemelas. Comenzó a trabajar de nuevo poco tiempo antes de morir mi padre, primero porque quiso volver a ser económicamente independiente, y luego por auténtica necesidad. Al faltar la fuente principal de ingresos, se encontró con que tenía una hija de diecisiete años y dos de doce a las que seguirles poniendo un plato de comida. El único trabajo al que pudo optar a su edad y con su nula formación fue la limpieza. Hoy está jubilada, no por edad, sino por culpa de una enfermedad degenerativa. Pero es independiente, podría ser una mujer libre y dedicarse por fin a ella misma, a todo lo que seguramente le hubiese gustado hacer y no pudo. Pero en demasiadas ocasiones debe ocuparse de mi sobrino, y también, por qué no decirlo, de mi hermana.

Así que hoy escribo este post pensando en mi madre. En todas las madres. Las de treinta, las de cuarenta, las de cincuenta, de sesenta, de setenta, de ochenta…. Todas ellas Madres. Todas ellas Mujeres. Todas ellas Personas.

No nos olvidemos de ello.