He estado unos días desconectada del blog. De mi blog, de los vuestros, de mi trabajo, de las noticias, de la guardería, del parque, de todo lo que integra mi vida cotidiana. Hoy la normalidad está tratando de volver a mi vida. Espero que para mañana ya se haya asentado definitivamente.

Todo comenzó a truncarse el martes por la tarde, minutos antes de salir del trabajo. Era solo una pequeñísima pérdida, pero me alertó de que algo no iba bien. Con Rn. no me había sucedido nunca. De todos modos, no podía ni imaginar que esa criatura que debería haber llegado en primavera, justo en el mes que yo había deseado, había decidido no ver la luz. Esas cosas, las cosas malas, pasan, pero no a mí. A mí casi siempre me pasan cosas buenas. Las malas, se arrinconan apretujadas en mi memoria y solo salen a pasear muy de vez en cuando. Y estos días me estaban pasando cosas buenas. Muy buenas. Aparte de la gran felicidad del día seis, había habido otro par de sucesos especialmente alegres antes de mediados de mes. Temerosa como siempre suelo ser del futuro, una pequeña llama se me había encendido dentro por esos días, una lucecita que iluminaba un cartel negro con grandes letras blancas que me advertían “Cuida mucho tu felicidad, también pueden pasarte cosas malas”. Como decía todo comenzó el martes, el miércoles aún fui a trabajar (haz vida normal, aún no podemos saber nada), el jueves me quedé en la cama, y el viernes me dieron el diagnóstico exacto: Aborto completo, sin restos.

Estos días parece que no han sido míos, que los he vivido para otra persona. No era yo, la mujer centrada y organizada que tiene prácticamente todos los momentos de su vida atados, no dejando obligaciones al azar, procurando siempre sacarle el mayor jugo posible a los auténticos y tan deseados momentos de placer. Nuestra nevera está vacía, no he prestado atención al menú de Rn. en la guardería, y esta mañana, en el trabajo, me he dado cuenta de que el miércoles no había tachado el martes en el calendario (siempre tacho el día anterior) por lo que desde el martes parece que mi semana, mi vida, se hubiesen parado. Pero ha sido sólo un paréntesis. Hoy ya he tachado hasta el día 22.

Físicamente estoy bien, únicamente muy, muy cansada. Imagino, o quiero imaginar, que parte de culpa la tendrán esas hormonas especiales que nos hacen sentirnos tan bien y tan felices y ponernos tan guapas durante el embarazo (o por el contrario tan mal y provocarnos tantos mareos) que estarán volviendo a niveles normales a velocidad de vértigo, asombradas como yo misma de pasar de un estado a otro sin que dé tiempo a asimilarlo. Al menos no he tenido dolores de ningún tipo (- ¿Tienes dolores fuertes? - No, solo una leve molestia, como de regla, pero menos, y eso que yo no tengo reglas dolorosas…) ni fuertes hemorragias (- ¿Sangras mucho, como una regla? - Noooo, mucho menos, sólo mancho un poquito, cuando voy al baño). Además, tampoco ha sido necesario ingresarme, ya que el diagnóstico lo decía claro, sin restos. No hay nada que limpiar. Se ve que a pesar de mi aspecto frágil, mi cuerpo es bastante fuerte, y ha hecho todo el trabajo él solito, sin ayuda.

Anímicamente, pues tengo mis momentos. Soy realista, aún no era una persona, sólo era un embrión de seis semanas (seis semanas, contando como los ginecólogos y las matronas, desde la última regla, pero teniendo en cuenta que habría sido concebido unos 14 días mas tarde, solo tendría cuatro semanas). Pero era una ilusión, una ilusión muy grande. Ya nos hacíamos las mismas preguntas de la otra vez. ¿Cómo será? ¿Rubi@ como Rn? ¿Será tan buen@ como él? ¿Nos lo pondrá todo tan fácil como él? ¿O será todo lo contrario, un pequeño bichito que no nos dejará respirar ni un momento? Además, Rn., a su manera, también estaba ilusionado. Todas las noches le daba un beso al bebé. Me levantaba la camiseta, besaba mi ombligo, y hacía una especie de círculo con sus brazos en alto, a la altura de mi barriga, como intentando abrazar algo, a alguien, que aún no era tangible pero que el ya intuía como un ser independiente de mi cuerpo (no abrazaba mi barriga, sino el aire). El sábado por la mañana, cuando Rn. se despertó sobre las 8h., me metí un rato en su cama. Jugamos un rato, con sus coches y sus motos desparramadas por el colchón. De repente se puso de pie, a mi lado, mientras yo seguía tumbada, creo que intentando coger algo del escritorio.

- Amatxu, ten cuidado con tu tripa, que se te rompe el bebé

- No, cariño, el bebé ya no está

- ¿Por qué? – mirándome fijamente, con los ojos muy abiertos

- Se ha marchado

- ¿Por qué? – sin apartar ni un segundo sus ojos de los míos, ni siquiera para pestañear

- Ha querido irse, Rn. No ha querido quedarse en nuestra casa. Pero no te preocupes, después del verano, cuando empieces la escuela, aita y ama ya van a hacer otro bebé

Durante unos segundos que me parecen siglos, aun me mira fijamente sin decir nada. Y luego sonríe y sigue jugando

- Sí, vale

Mi cabeza me dice que no debo deprimirme, y debo seguir con mi vida normal. Además estos días tengo mucho trabajo. Trabajo atrasado por haber faltado dos días, trabajo extra por ser época de impuestos, y trabajo extra porque antes de vacaciones hay que dejar todo el mes preparado. Con tanto trabajo, la mente no está para muchos pensamientos, ni buenos ni malos. Pero hay ratos en que no puedo evitar sentirme triste. Muy triste.

La tercera y última vez que fui a urgencias, me sentía un poco mareada. A falta de camillas, las enfermeras me dejaron una tumbona, en la sala dónde realizan extracciones de sangre. Ya había pasado un lustro (en urgencias, el tiempo se dilata horriblemente) cuando llegó un chico. Era muy joven, no tendría mas de veinticinco. No tenía pelo ni cejas. Imaginé que padecía cáncer, por eso me llamó la atención el estupendo aspecto físico que tenía, amen de que era bastante guapo, y su estupendo tono de piel. Yo no consigo ese bronceado ni aunque esté dos meses seguidos torrándome en la playa. Se acomodó en otra tumbona, y le pusieron un par de bolsitas, no sé de qué, mediante gotero. Al rato de estar allí, pasó una enfermera y él le pidió algo. No le pude oir, pero supuse que sería agua, no sé por qué.

- No, lo siento, pero mientras tengas dolor no puedes ·$%”&%//·%”·&”$ (aquí también hubo algo que no oí). Podrías volver a vomitar.

Yo ya llevaba un buen rato allí, y me había mantenido serena, intentando aceptar mi pequeño drama. Pero de repente no pude contener las lágrimas. Lo mío era solamente un poco de mala suerte. Podría volver a intentarlo. Yo sé que mi cuerpo puede dar vida, ya lo ha hecho una vez. Pero ese chico, y tant@s mas como él ¿qué saben de su futuro?. Sí, ya sé, el futuro es incierto para todos nosotros. Pero para algunas personas se presenta como una lucha especialmente dura, sí, una lucha a muerte, contra la muerte, no exenta de ilusiones, por supuesto, pero bastante mas difícil que para los demás. Y nadie estamos libres.

Por mi parte, seguiré con mi pequeña lucha particular, siendo cada día un poquito mas consciente de que hay que vivir un poco mas y mejor el día a día, no pensar demasiado en mañana, al menos no mas que lo absolutamente necesario, porque de mañana no podemos saber nada. Ayer ya pasó, mañana es solo una ilusión, y hoy es vida.