Guardo pocos recuerdos sobre ella. Y esos pocos, son todos tristes, siempre relacionados con su problema.

Recuerdo los veranos en que coincidíamos en casa de mi tía, que era su abuela. Ocho niños que, aunque teníamos edades muy diversas, lo pasábamos bien. Al fin y al cabo, no nos quedaba mas remedio que jugar y pelearnos entre nosotros. En aquella remota aldea de la Galicia más rural en la que había nacido mi padre, no había más niños que las dos que vivían allí, y los seis “vascos”, como nos llamaban en el pueblo, que pasábamos en aquella casa parte de nuestras vacaciones. Recuerdo que un par de veces por semana, su padre y el mío, que eran tío y sobrino, aunque se habían criado como hermanos, ya que solo se llevaban cinco años, hacían la compra siguiendo una lista cuidadosamente confeccionada por nuestras madres. En aquel entonces, no disponíamos de coche, eso era un lujo que no nos podíamos permitir. Así que mi padre y mi primo se recorrían a pie aquellos caminos empedrados y empolvados hasta el pueblo más cercano, en el que había una tienda donde vendían “de todo”. Allí podías desde tomarte una cervecita (cosa que hacían, claro), hasta comprar macarrones, pan, unas botas de monte o unos pantalones. En el cargamento de bolsas con el que volvían a casa, nunca faltaban la nocilla para merendar, y alguna chuche para los niños. Para todos, menos para Sa. Ella siempre estaba a dieta, desde que nació. Recuerdo sus oscuros ojitos apenados, y su redonda cara llena de ansiedad. Y recuerdo como mi primo, su padre, cuando ninguno de los otros adultos le veía, sacaba un Boni, un Tigreton, un Pantera Rosa o un paquete de gusanitos del bolsillo de su pantalón, y se lo daba a escondidas. Recuerdo como su hermano pequeño, cuando discutían, la insultaba con esa crueldad tan característica de los niños, que dudo si es innata o aprendida: “Gorda”.

Recuerdo como una de mis amigas, que iba a su mismo colegio, me contaba que en los recreos Sa. pegaba a otros niños para robarles ese tentempié que todos tomábamos a media mañana. Mientras todos los niños comían un bocadillo, un bollo o unas madalenas, a ella solo le permitían una manzana.

Recuerdo un día, tendría yo unos veinte años, en que había ido a la piscina municipal con una amiga. Hacía mucho calor, y fuimos a comprarnos un helado. Mientras yo pagaba, mi amiga me dijo: “Mira aquella gorda, ¡¡¡a qué velocidad se está comiendo la palmera de chocolate!!!. Era mi prima, Sa. Era tan solo una adolescente, pero su cuerpo ya había comenzado a deformarse.

Recuerdo cuando mi madre se apuntó a aquella academia para sacarse el título de modista (siempre ha cosido muy bien, y quería titularse), y coincidió allí con ella. Supongo que el motivo por el que Sa. querría aprender a coser diferiría bastante del de mi madre. Supongo que en su caso no sería un deseo, sino casi una necesidad, derivada de la imposibilidad de encontrar ropa de su talla adecuada a su edad. Recuerdo como mi madre, entre apenada y asustada, me contó un día que para tomarle la medida de la cintura para confeccionarle una falda, habían hecho falta dos personas, cuatro brazos, porque una sola persona no conseguía abarcarla.

Recuerdo como mi madre me contó, hace aproximadamente un año, el impacto que le causó el estado lamentable en el que Sa. se encontraba. Llevaba varios años sin salir de casa, sin mantener contacto con el mundo mas allá de su habitación y de la comida. Se había convertido en una de esas personas mórbidamente obesas, incapaces casi de moverse, que a veces vemos pidiendo ayuda en algún programa de televisión. Hacía años que ya no se presentaba siquiera en esos acontecimientos familiares que se consideran de obligado cumplimiento. No fue a la boda de mi hermana, ni a la de nuestra prima, ni al bautizo de su sobrina, ni a la comunión de su sobrino….

Esta mañana mi madre me ha llamado al trabajo para decirme que se ha muerto. Así, de repente. Mi madre aún no sabía la causa, en ese momento estaba más preocupada de salir cuanto antes hacia la casa de sus padres, para ayudarles en lo posible. He pensado en un infarto o algo similar, debido a su obesidad. Pero no sé por qué hay algo que me pita en la cabeza y me dice que ha sido algo peor.

Solo tenía veintinueve o treinta años. La muerte siempre es terrible. La muerte de alguien tan joven como ella, es más terrible todavía. Siempre se dice aquello de “tenía toda la vida por delante”. Pero ella, realmente ¿tenía toda la vida por delante?. Y lo que de verdad me produce una tremenda tristeza no es solo eso. Es pensar que esos escasos treinta años que ha vivido ¿pueden realmente considerarse vida? Realmente ¿ha sentido algún momento de verdadera felicidad en su corta vida? Una vida plagada de burlas, de niños que te llamaban gorda, de adultos que te miraban con conmiseración, de adolescentes que solo se reían de ti, de chicos que jamás te mirarían como a una mujer, de gente que te señalaba con el dedo…

Hoy luce un precioso cielo azul. Yo solo consigo verlo gris, y mis ojos no paran de llover…