Palabras graciosas
Siempre quise ser coleccionista. Me gusta la palabra. Coleccionista. La tengo asociada a un tipo de persona centrada, ordenada, meticulosa, aunque luego en la práctica sé que no siempre es así. Sí, siempre quise ser coleccionista, pero nunca supe qué coleccionar. Sellos, monedas, postales, tarjetas de teléfono, dedales, figuritas de elefantes, budas….la verdad, nunca me han parecido lo suficientemente interesantes como para atesorarlos. Y quizá en el fondo lo que me detiene a la hora de comenzar una colección es que me produce una cierta ansiedad saber que supone empezar algo que nunca voy a acabar. Una colección que se precie no tiene fin. Y a mí me gusta terminar las cosas que empiezo.
Pero supongo que mi deseo de coleccionar algo tiene su base en un pequeño trauma infantil. Todos los niños hacen colecciones de esas que sí terminan algún día. Las colecciones de cromos. Y yo nunca conseguí completar ninguna. Bueno, una sí. Terminé la de Orzowey, pero de todos los cromos que haya podido coleccionar, los de Orzowey eran precisamente los que menos que gustaron, con diferencia. Y es que la serie tampoco me gustaba, pero nada, vamos.
Hace poco tiempo (en realidad, no hace poco, hace como siete años ¡hay que ver como cambia el concepto del tiempo según te vas haciendo mayor!) una de mis amigas me comentó que estaba coleccionando dedales. “Así que ya sabes, si vas a algún sitio, a ver si me traes uno, que son baratitos…”. Y me dio como un poco de envidia, reavivando una vez más mi deseo de coleccionar algo. ¿Pero qué? . Me estrujé una vez más la cabeza, intentando encontrar algo interesante, que mereciese la pena ser guardado por mí…Dada mi adicción al té y resto de infusiones, pensé “Ya está, podría coleccionar teteras, las teteras son preciosas…”. Pero Ro. me quitó la idea de la cabeza rápidamente “¿Y dónde las piensas meter? ¿Tú sabes lo que ocupan las teteras?”. Y claro, tenía razón. Bastantes cachivaches hay ya en casa, para meternos en mas “fregaos”. Así que nada, compuesta y sin colección…
Pero recientemente, meditando sobre ello, me he dado cuenta de que los miembros de mi familia, en el fondo, somos unos coleccionistas natos. Con ciertos matices, pero coleccionistas al fin y al cabo…
colección.
(Del lat. collectĭo, -ōnis).
1. f. Conjunto ordenado de cosas, por lo común de una misma clase y reunidas por su especial interés o valor.
3. f. Gran cantidad de personas o cosas.
montón.
(De monte).
1. m. Conjunto de cosas puestas sin orden unas encima de otras.
2. m. coloq. Número considerable.
Ya dije que había ciertos matices. Unos hacen colecciones, y otros hacemos montones. Pero la única diferencia entre una cosa y otra, es un poquito de falta de orden, y el escaso valor de las cosas que amontonamos (aunque esto es otro matiz que habría que definir en cada caso particular, porque lo que para unos no vale nada, para otros lo vale todo…). Así que aparte del glamour que le confiere el orden y el valor material, podría decirse que una colección es un montón. Y por lo tanto, nuestros montones son colecciones.
Para empezar, podría hablar de las colecciones de Ro. Ro. atesora, desde hace años, camisetas de propaganda. Una parte considerable del armario de Rn. (como es el que usa ropa mas pequeña, el suyo es el armario que mas sitio libre tiene, de momento), está destinada al amontonamiento de dichas prendas. De todos los colores, con todo tipo de logos, unas feas, y otras sencillamente horrorosas… Esta colección podría hasta resultar divertida, si no fuese porque Ro. es muy capaz de presentarse en la boda de mi mejor amiga con una camiseta que rece “Calefacciones La Siempre Tibia”, o pasarse todas las vacaciones con otra luciendo un rollizo señor zampándose un tremendo bocata, bajo el literal “IV Olimpiada del Bocadillo de Portugalete” (el segundo caso es totalmente verídico).
Otra de las cosas que Ro. colecciona son bolígrafos, también de propaganda. Así, en casa puedes encontrar cantidades ingentes de ellos en el cajón de la mesa de la cocina, en una lata sobre el estante de las legumbres, en otra lata dentro del escobero, en un cubilete en una balda sobre el ordenador, en la mesilla del teléfono, en un cajón del mueble del salón. Pero, indefectiblemente, cuando necesitas anotar algo, nunca encuentras con qué hacerlo. Si hablas por teléfono desde el salón, habrán desaparecido misteriosamente los bolígrafos que había en la mesilla y en el cajón, o bien la tinta se les habrá quedado seca. Si necesitas hacer la lista de la compra, resultará que Rn. habrá estado jugando con la lata de los bolígrafos que está en el estante de las legumbres y con los que había en el cajón de la mesa, y quién sabe donde andarán, y no te quedará más remedio que hacer la lista a lápiz o a algún bonito tono plastidecor.
Pero hay una colección que tanto Ro. como yo compartimos, y de la que fui consciente hace poco leyendo un post en otro blog. Las bolsas de plástico. En nuestro afán por reciclar y reutilizar, éstas han llegado casi a formar parte de la decoración. Puedes encontrar bolsas de plástico, que reutilizamos para el cubo de la basura, en una monísima bolsa de tela colgada en una pared de la cocina, de esas con una abertura en la parte superior para introducirlas, y otra en la parte posterior para recuperarlas. Aquí entre Ro. y yo hay una sutil diferencia, y es que mientras él las dobla en perfectos triángulos, yo, para ahorrar tiempo, las suelo hacer directamente un gurruño. También puedes encontrar bolsas dentro del escobero. Aquí solo guardo bolsas yo. Las bonitas, las de papel. Imposible deshacerme de ninguna. También guardo aquí las bolsas de plástico cuadradas, porque esas no se adaptan bien al cubo de la basura, y las utilizo para otras cosas. Y estas no las hago un gurruño, sino que las doblo cuidadosamente en perfectos cuadrados. ¿?. Por otra parte, e inexplicablemente, también amontonamos bolsas de plástico encima del zapatero, en el tendedero, éstas tal cual, nuevas, sin utilizar. Las trae Ro. de la tienda, como si no tuviésemos suficientes con las que nos dan al hacer las compras. Pero además, y durante la época en que Rn. utilizó pañales, también guardábamos bolsas de plástico en su habitación, para meter directamente los usados, cada vez que le cambiábamos. Y para contenerlas le compré otra bolsa de esas monísima con aberturas, tan monísima que en la parte de arriba tiene una especie de espantapájaros (ya dije que las bolsas habían comenzado a formar parte de la decoración, y aquí se trataba de una habitación infantil). Ahora que ya no usa pañales, la monísima bolsa sirve para guardar el pijama…
Bueno, nuestras colecciones no tienen nada de especial. Seguro que miles y miles de personas también amontonan camisetas, bolígrafos y bolsas de plástico para el cubo de la basura… Pero la colección que está haciendo Rn. es un poco mas curiosa… Palabras. Rn. colecciona palabras graciosas. Y esta colección comenzó de la manera más absurda, como comienzan casi todas las cosas importantes.
Íbamos, como cada mañana sobre las 7 h., en el coche, de camino hacia la guardería.
- “Los coches corren mucho”
- “Sí, hijo, corren mucho”
- “Muy mal” – moviendo el dedo índice de arriba abajo – “No hay que correr”
- “No, cariño, no hay que correr. Hay que ser prudente”
“¡Prudente!” – mirándome ojiplático – “¡Prudente!, Ji,ji,ji, ja, ja,ja, ji,ji,ji…..”
“Sí, hijo, prudente, hay que tener cuidado” – boquiabierta y sin entender qué era lo que le hacía gracia.
“¡Prudente! ¡Prudente! Ja,ja,ja, ji,ji,ji….”
“Sí, cielo, prudente, ¿te parece graciosa esa palabra?
“Sí, ¡Prudente! ¡Prudente! – ya sin poder parar de carcajearse hasta que llegamos a la guarde.
Y así es como comenzó su atesoramiento de palabras graciosas. Después de prudente, llegaron unas cuantas más:
* Panfleto
* Petróleo
* Muelle
* Propaganda
* Forro (si va incluida en la expresión “le limpio el forro”, ya es el no va mas, se le corta hasta la respiración de tanto reirse).
* Libreta
* Pimpollo….
Y supongo que con el tiempo, esta colección se irá ampliando mas y mas, y a lo mejor hasta es de las buenas, de esas que no se acaban nunca….
Pero lo mejor de esta colección, es que ha resultado ser un estupendo recurso pedagógico contra las palabrotas:
- “Ama ¿a qué no se dice chivato?” (esto, para Rn., es una palabrota)
- “No, cariño, eso no hay que decir”
- “¡Muy mal!” – moviendo el índice arriba y abajo – “¡Yo riño!”
- “Claro, eso está mal”
“Ama ¿a que no hay que decir joder”
“No, cielo, ya sabes que eso es una palabra muy fea. Y a nosotros no nos gustan las palabras feas. Preferimos las palabras graciosas.”
“Si, je,je,je. ¡Prudente! ¡Panfleto! ¡Forro! ¡Libreta!....ja,ja,ja, ¡Propaganda! ¡Petróleo!” …. Y así hasta que se agota de tanto reir…..
¿Me lee algún psicólogo infantil? ¿Alguien que pueda explicarme el extraño humor de los niños? Y ya que me he puesto a pedir ¿algún psicólogo que pueda explicarme la curiosa manía de amontonar mas cosas de las necesarias por parte de sus padres?...









solounpoco dijo
Pero...¿qué extraño humor de los niños? A mi me resulta muy gracioso lo de Rn y además creo que es un níño muy espabilado, vivo y curioso. Me alegro por él.
Respecto a las colecciones-montones de cosas, creo que todos hemos coleccionado alguna vez bolígrafos, mecheros o incluso revistas y periódicos viejos. Yo antes, de pequeño, coleccionaba cromos de fútbol y los repes los intercambiaba con otros niños en la calle. Ahora colecciono libros y música. Quedaría mejor decir cds, pero ya no los compro, los bajo de internet. Mi ilusión algún día, cuando tenga dinero, será coleccionar guitarras, que por ahora tengo tres.
Besos.
P.D: ¿Te puedo preguntar por la edad de Rn.?
20 Junio 2007 | 03:00 PM