Viejit@s
Trabajo al lado de una residencia de ancianos. Cuando hace buen tiempo, suelen sacarles a la calle, para que les dé el aire, no puro precisamente. La residencia se encuentra en una carretera con un tráfico pesado de mil demonios. El trayecto, andando, desde el trabajo hasta el pueblo, suele resultarme tan ensordecedor como un concierto de los Rolling, así que supongo que para ellos, relajante, lo que se dice relajante, no resultará su ratito diario al aire libre. Aún así, estoy segura de que las abuelas y abuelos preferirán ver pasar coches y camiones, a estar encerrados siempre entre las mismas cuatro paredes. Por las tardes, cuando salgo, me gusta verles, todos con idénticas viseras de propaganda color azul marino, algunos sentados en un banco, y otros, en sus sillas de ruedas. No puedo evitar, en un absurdo pensamiento maternalista, imaginármelos jugando, como si fuesen niños “tú cuentas coches azules, yo rojos, tú camiones y tú autobuses, a ver quién cuenta más…”. Con seguridad, lo que piensan, lo que hablan, será mucho más profundo e interesante de lo que yo, en mi cortedad, alcanzo a imaginar.
Ayer, como cada tarde, eran fieles a su cita de ruido y humo. Todos sentados como lagartijas al sol. Pero una parejita había buscado un poco de intimidad, y paseaban por una calle paralela, sin tráfico, a un nivel mas bajo que el de la carretera. Ella en silla de ruedas, con su manta de cuadros escoceses sobre las piernas, y él, empujando la silla con cansancio y torpeza. Se detuvieron un momento, y, simulando que buscaba algo en mi bolso, me paré un rato a observarles, los dos solos allí abajo. Ella ladeó la cabeza, y sujetó un pañuelo apretándolo contra un pómulo, como si le doliese una muela, o quizá se enjugase una lágrima. Hablaron. Y entonces él, agachándose frente a la silla, comenzó a acariciarle la otra mejilla, cuatro, cinco, seis, no sé cuantas veces. Entonces el tráfico se paró de repente, y yo, amparada tras mis gafas de sol, no pude evitar dos lagrimones, de los picantes, de los que escuecen. “Mierda, ya se me ha jodido el maquillaje”. Siempre tengo un pensamiento frívolo a mano, que me saca de mas de un apuro y mas de dos. Agaché un poco más la cabeza, no encontré nada más que desordenar en mi desastrado bolso, así que seguí caminando, y el tráfico regresó. Los ojos siguieron escociéndome unos minutos más. “¿Seré algún día viejita, viejita…? ¿Y habrá algún viejito, viejito, que me acaricie las arrugas?”. Menos mal que siempre llevo encima mis gafas mega-fashion, que me sacan de mas de un apuro, y mas de dos.
Ay, será la depre primaveral, o el síndrome premenstrual, o qué sé yo…




solounpoco dijo
Espero que si llegues a viejita, aunque no se yo si eso merece la pena. También espero que tengas a alguien para que te acaricie las arruguitas, sino sólo serás un cúmulo de recuerdos que utilizarás como la balsa de un naúfrago para sobrevivir.
8 Mayo 2007 | 10:35 AM