Decisión
Había pensado varias veces en dejarlo. Demasiadas. Ya llevaba casi año y medio así, y era un trastorno. Sólo dos veces al día, y sólo diez minutos cada vez. Su cargo, en este caso, no le proporcionaba ningún privilegio. Al fin y al cabo, desde la dirección había quedado claro que todos los responsables de departamento debían dar ejemplo. Además, el hecho de tener que salir hacía que se desconcentrase y le costase demasiado retomar el hilo. En realidad, no era capaz de precisar con seguridad si se desconcentraba por tener que salir, o por el recuerdo de su voz, que le seguía martilleando en la cabeza durante el resto de la jornada. Pero dependía demasiado de esa voz. Le gustaba su gravedad, un tono por encima de lo que debería suponerse deseable. Le gustaba la lentitud que tomaban sus palabras cuando contaba sus penurias para llegar a fin de mes, pues el sueldo de su pareja era aún inferior al suyo “Al menos, en mi nómina hay un plus por transporte y otro por toxicidad”. Le gustaba como su discurso se aceleraba y el tono se elevaba cuando hablaba de sus hijos. Le gustaba como bajaba la voz, hasta hablar casi en un susurro, cuando contaba algún cotilleo del trabajo, por si alguien pudiera escuchar. Y era difícil que nadie pudiera hacerlo, pues habían creado una especie de coraza a su alrededor. Procuraban siempre apartarse un poco del grupo, como si esa pequeña distancia les hiciese sentir que lo que estaban haciendo no era tan malo como lo que hacían los demás. Y el caso es que lo conseguían. Nunca nadie se les acercaba.
Antes de que todo comenzase, jamás se habían fijado el uno en el otro. No tenían rostro, sólo eran ropa. Un traje de Armani con maletín y teléfono móvil, y un traje verde con mopa y una rasqueta en el bolsillo, por si encontraba algún chicle que se resistiese. Seguramente habrían cruzado de vez en cuando un buenos días distraído, pero nada más. En cambio, ahora habían descubierto que tenían algo en común, que les unía por encima de todo lo demás. Y no conseguía superar su dependencia de esa voz. Y todos los viernes se decía lo mismo, “hoy es la última vez”, y todos los lunes volvía a flaquear. Pero tenía muy claro que algún día tendría que dejarlo definitivamente. Su trabajo se resentía, y su salud tarde o temprano también lo haría. Además, ya lo ponía claramente en el paquete, en mayúsculas y negrita, como un grito, “FUMAR PUEDE MATAR”.


Jaio, joía amama espía dijo
Jelous. Gracias por tu visita. Después de leerme con atención, mucha atención, tus posts... creo saber quién eres. Me sigue gustando cómo escribes y cómo tramas las historias.
Jejeje. Bienvenida a este fascinante mundillo.
Salud y anarquía
6 Mayo 2007 | 11:22 PM