24 Junio 2009
Seguro que a todos os sucede a veces. Tener un pensamiento en la cabeza que sobresale continuamente por encima de todos los demás. Mientras te duchas, mientras trabajas, mientras cocinas, mientras tomas una copa con los amigos, incluso cuando intentas dormirte. Sobre todo cuando intentas dormirte. A veces te levantas con él, a veces se te adhiere a lo largo del día. A veces es una canción, a veces es una frase, a veces incluso una única palabra. A veces es una palabra que lleva a una canción, a veces una canción que lleva a una frase. Pero lo que es cierto es que suele ser difícil conseguir que se desprenda. A mí sobre todo me pasa con las canciones. Se me pega una, y es inútil tratar de soltarla. Ahí sigue hasta que a ella le da la gana, con su constante martilleo. Y es curioso, pero con el martilleo suele pasar algo parecido a lo que sucede con los bostezos, y es que ambas cosas son muy contagiosas. ¿No os pasa? Bosteza la persona con la que estás hablando, y tienes que tratar de disimular tu propio bostezo. Bosteza esa persona que va sentada frente a ti en el tren, y no puedes reprimir un bostezo. Bosteza el actor de una película, y tú le acompañas. Lees la palabra bostezo, y bostezas. Seguro que ahora mismo estás bostezando. Aunque quizá en este caso.... No, es por contagio, seguro... Pues con el martilleo suele pasar algo parecido. Alguien canta una canción como para sí mismo, le haces notar que lleva dos horas con el mismo estribillo, te dice que no consigue quitársela de la cabeza, y a los diez minutos te das cuenta de que es como un virus. Tú tampoco puedes dejar de cantarla, por más que lo intentas. Y el mismo estribillo, además.
Bueno, pues hoy tengo un martilleo. Y no sé cómo ha llegado hasta mí, porque hay que ver que es extraño. Desde que me he levantado, continuamente me viene a la mente la misma frase: "Del mismo modo, acabada la cena...". Y para ahí. Que abro la puerta del baño... "Del mismo modo, acabada la cena...". Que me tomo un café... "Del mismo modo, acabada la cena". Que hablo por teléfono... "Del mismo modo, acabada la cena...". ¡Y no consigo que se vaya!. Así que he decidido escribirla, a ver si se os pega.
Buen día. Aquí luce un sol espléndido. A ver si sigue así de bonito hasta que acabemos la cena.
Nota: Queda inaugurada la sección "Martilleos". Quizá no me ayude a deshacerme de ellos, pero al menos, si contagio a alguien, siempre será mejor que una varicela o un virus informático.
Otra nota: No, no he ido a misa. Y sí, sigo siendo atea.
Otra nota más: Tampoco he estado hablando con ningún cura, ni he visitado ninguna iglesia.
servido por elpatiodemicasa
8 comentarios
compártelo
18 Junio 2009
Desde que era pequeña siempre he oído eso de que hay que mirarlo todo con lupa: "A los chicos hay que mirarlos con lupa" , "a las amigas hay que mirarlas con lupa", "los precios hay que mirarlos con lupa", "las actividades de los hijos hay que miralas con lupa", "lo que se publica en internet hay que mirarlo con lupa"...
Pero a veces la lupa distorsiona tanto la realidad...

... que me encuentro con que, intentando mirar con lupa, acabo mirando con el corazón.

servido por elpatiodemicasa
4 comentarios
compártelo
17 Junio 2009
"El pesimista se queja del viento, el optimista espera que cambie, el realista ajusta las velas"
Emilio Pinto, en su libro "La educación de los hijos como los pimientos de Padrón".
Unos pican y otros no...
Leí una recomendación de este libro, creo que en la revista de la escuela. En parte me está gustando, en parte no, lo cual no es ni bueno ni malo (supongo). Pero con esta frase no puedo estar más de acuerdo...
Pá mi colección...
servido por elpatiodemicasa
3 comentarios
compártelo
17 Junio 2009
Una vez, hace muuuuchos años, una persona me dijo que yo nunca llegaría a nada en la vida, porque no tenía aspiraciones.
Hace tiempo, mucho, que le perdí la pista a esa persona. Hoy, sin motivo aparente, me he acordado de ella.
Ignoro si se cumplió su profecía. ¿Qué es llegar a algo en la vida?
servido por elpatiodemicasa
4 comentarios
compártelo
16 Junio 2009
"Todos tenemos culo"
Rn. Niño y gran maestro.
Hace unos días, Rn. me contó que Adrián, un niño de su clase, se había "hecho caca en el calzoncillo". Por la noche, después de apagar la luz, a punto ya de dormirse...
Rn.: Ama, Josu a Adrián le llama cagón.
Yo: ¿¡ Le llama cagón ¡? ¿Por qué?
Rn.: Porque se ha cagado en el calzoncillo, y entonces le dice cagón.
Yo: Y a ti eso ¿qué te parece?
Rn.: Maál.
Yo: ¿Te parece mal? A mí también me parece mal, porque Adrián tiene nombre, y seguro que le gusta que le llamen Adrián.
Rn.: Sií. No hay que llamar cagón, porque además, todos cagamos.
Yo: Claro, todos cagamos.
Al poco tiempo de nacer Ir., un día Rn. dijo "Ir. es una cagona". Ro. le preguntó por qué decía eso, y Rn. le respondió que "cuando Ir. hace cacas Ne. dice que es una cagona". Ne. es la señora que se encarga de ellos dos cuando nosotros no estamos... Uno no puede evitar los comentarios y gracietas del resto de personas que puedan tener influencia sobre los propios hijos, así que tiene que intentar que los hijos sepan procesarlos y, si es necesario, enfrentarse a ellos. Así que Ro. le explicó a Rn. que Ir. no es ninguna cagona, que Ir. tiene un nombre y hay que llamarla así, por su nombre, y que todos cagamos. "Unos, cuando son muy pequeños, cagan en el pañal, como Ir., y como tú cuando eras un bebé, y otros cagamos en el wáter, como tú ahora, como yo, como ama, y como Ne. Todos cagamos, Rn., todos, pero a nadie nos gusta que nos llamen cagón, nos gusta que nos llamen por nuestro nombre." Rn. a menudo colabora con nosotros tirando el pañal de Ir. a la basura, pero nunca más ha vuelto a llamarla cagona.
Rn.: ¡Claro, todos cagamos, Josu también caga!
Yo: ¡Claro que caga!
Rn.: ¡Sí, todos cagamos! ¡Porque todos tenemos culo!
Yo: Si. Todos tenemos.
Rn.: Claro, todos tenemos culo, y Josu ha hecho mal, porque él también tiene culo ¿O es que él no tiene culo, o qué? ¿Por qué le llama cagón a Adrián, si él también tiene culo?
A menudo me veo reflejada en él. Los buenos argumentos siempre se me ocurren fuera de contexto...
Moraleja: (Extraída de una extraña asociación mental entre la frase de mi padre publicada ayer, y la frase de mi hijo) Siempre somos conscientes de cuándo somos víctimas. Pocas veces lo somos cuando ejercemos de verdugos. Cuando notes que la persona que está frente a ti arruga ligeramente la nariz, o si de pronto percibes un chispazo en su mirada que denota una leve sonrisa interior, o si inexplicablemente rompe a carcajear, párate a pensar en cómo está transcurriendo la conversación. Hay algo que jamás podrás arrebatarle a nadie, algo sobre lo que jamás tendrás poder de decisión: su pensamiento. Todos tenemos culo. Todos. Así que el otro siempre podrá imaginarte cagando...
servido por elpatiodemicasa
2 comentarios
compártelo
15 Junio 2009
"Cuando comiences a sentirte mal porque alguien trate de hacerte creer que es superior a ti, imagínale cagando..."
C. Tornero. Mi padre.
Varias veces le oí dar este consejo, que para mí se ha convertido además de en una de las frases que atesoro, en una auténtica técnica de autodefensa. Probadla (*). Funciona. A veces, funciona tanto, que se percibe hasta el olor...
(*)
Generalmente, alivio instantáneo. En caso de no ser así, repetir la dosis a conveniencia.
Contraindicaciones: Ninguna
Efectos secundarios: Puede provocar arrugamiento de nariz, en organismos sensibles incontinencia de sonrisa, y en personas con exceso de imaginación incluso explosión de carcajadas.
Aconsejable incluso para niños y mujeres embarazadas.
servido por elpatiodemicasa
7 comentarios
compártelo
11 Junio 2009
"Era el otoño de 2001. Estaba sentado a la sombra de una cabaña de uno de los campos de refugiados que rodean la ciudad de Kuito, en Angola. Hacía varios días que me encontraba en esta antigua ciudad colonial que en otros tiempos, dicen, fue hermosa, aunque yo sólo la he conocido como un inmenso campo de ruinas. La noche anterior había estado fotografiando en el hospital la intervención quirúrgica de una niña pequeña, de apenas cinco años, que había sido herida por una mina mientras jugaba junto a su casa; una de esas minas trampa que los niños confunden con un juguete porque han sido diseñadas para que así sea. El cirujano tardó cinco horas en sacarle la metralla que le había perforado los intestinos y, mientras atendía a la niña, una chica de dieciséis años embarazada pereció de una peritonitis en el pasillo, frente a la puerta del quirófano. No había ningún otro médico que pudiera atenderla y yo sólo pude estrechar su mano entre las mías para acompañarla en su última despedida. Recuerdo que al empezar su agonía el sol del ocaso entraba por una de las ventanas iluminando la camilla, y que cuando la enfermera acudió para cubrirle la cara con una sábana y colgarle una etiqueta en el dedo pulgar del pie, ya sólo nos iluminaba una bombilla de sesenta vatios. Se fue como cae la tarde.
No es algo que se pueda olvidar fácilmente.
A la mañana siguiente quería volver al hospital para retratar más heridos de mina, pero aquella adolescente embarazada seguía persiguiéndome. Así que decidí parar. Dejar a un lado la cámara fotográfica. Sentarme a la sombra de una cabaña y descansar. Entonces fue cuando la vi. Estaba sentada en el suelo, protegiéndose de la arena blanca con una tela roja. Quizás no tendría más de quince años. Sostenía a su bebé en brazos. Jugaba con él. Reía con él. Se lo comía a besos, completamente ausente al horizonte de seres hambrientos que deambulaban a su alrededor entre el humo espeso de las fogatas donde se cocinaba sopa de hierbas en cuencos fabricados con latas de conservas.
Pensé: no hay nada ni nadie que puede jamás privar a un ser humano de su fuerza interior. Siempre podrás encontrar dentro de ti un atisbo de humanidad y de belleza a la que agarrarte. La relación entre una madre y su hijo pertenece a este universo inmaterial, privado e íntimo capaz de sobrevivir a cualquier situación por muy mal que se pongan las cosas.
Saqué la cámara y enfoqué la escena."

Así comienza Bru Rovira la presentación de su libro "Maternidades", y esta preciosa foto (tan mal escaneada por mí) es la que refleja el instante que cita. Con ella comenzó una serie de fotografías realizadas en distintos continentes que llamó así, Maternidades, y que publicó por primera vez en La Vanguardia. Una maestra de un pequeño pueblo de Cataluña las quiso exponer en su escuela, y poco a poco esta serie de fotografías comenzó a viajar también a otras escuelas, de manera que los niños de aquí pudieron acercarse a la realidad de los de allí, y a su vez enriquecieron este trabajo con sus comentarios y con los sentimientos que estas fotografías les provocaron.
"Alguna vez me ha tocado asistir a una escuela para hablar con los niños y es curioso cómo me ha ayudado su mirada, también a mí, a ver cosas que nunca hubiera imaginado. Hay una foto, la de un bebé ruandés que viaja a la espalda de su madre, que la hice tratando de reflejar el genocidio, la huida, el hecho dramático de haber nacido en una carretera y caminar sin hogar adosado a mamá. Los niños, sin embargo, interpretan esta foto como algo agradable. Les parece maravilloso estar acunado todo el día a la espalda de mamá, sentir ese contacto físico que, quizás, ellos desean mucho más que el que reciben. "¡Qué bien!" exclaman cuando se fijan en ese niño. Pero no se trata de ninguna paradoja: nuestra vida confortable, sin problemas materiales, no es ninguna garantía de que tengamos el afecto resuelto; de que gocemos de tanto amor como a los niños de aquí les parece que recibe el niño ruandés. Sentirse querido. Poder amar. A veces sólo los niños son capaces de expresar la esencia de las cosas. Para bien. Y para mal. Aquí y en cualquier parte del mundo."

Cada vez que releo este libro, y que remiro estas fotografías, no puedo evitar llorar a moco tendido, por razones obvias para cualquier madre, y también para muchos padres. Os recomiendo que, si podéis conseguirlo, en vuestra librería, en vuestra biblioteca, no dejéis de echarle un vistazo. Y sacad vuestras propias conclusiones...
Maternidades
Bru Rovira
Editorial GRAÓ
Nota: No, hoy no estoy bailando con el lenguaje, no me patina la lengua ni los dedos sobre el teclado. El título del post es una frase extraída del libro...
servido por elpatiodemicasa
7 comentarios
compártelo
10 Junio 2009
Rn. sabe (aunque a veces se le olvida) que el agua y la electricidad son dos recursos que no debe desperdiciar. Sabe que hay personas que ni siquiera tienen agua limpia para beber, y sabe que hay personas que no disponen de electricidad.
Hace unos días, yo cocinaba arroz mientras él dibujaba... De repente, me miró con una expresión a medias entre el asombro y el espanto...
Rn.: Ama ¿¡ qué haaaceeees ¡? ¿¡ por qué le estás echando agua al arroooozzzz ¡?
Yo: Rn., hay que echar agua para que se cocine.
Rn.: Pero ¿por quéeeee?
Yo: (Echando un nuevo vaso de agua) Porque si no echamos agua, no puede cocinarse, y no nos lo podremos comer.
Rn.: Ama ¡para, pero para yaaaaa!
Yo: ¿Pero por qué, Rn.? Tengo que echar más. Si no echo toda la que necesita, el arroz se quedará duro y no estará rico para comer...
Rn.: (con cara de sufrimiento) Ama, ¡para, para! ¡No eches más, que si echas mucha se nos va a gastar toda el agua, y entonces vamos a ser muy, muy pobreeees!
Habrá a quién solo le parezca el pensamiento inocente de un niño, pero creo que tiene bastante mas claro el concepto de auténtica pobreza, que la mayor parte de las personas a las que escucho a diario lamentarse por la crisis...
Y esta conversación con Rn. me ha traído a la mente otro momento, también en la cocina, hace cuatro o cinco años. Probablemente celebrábamos algo, porque la mesa estaba muy elegante, llena de fuentes con cosas ricas para picar, y toda la familia de Ro. en torno a ella. Se avecinaba alguna festividad, supongo que algún puente, porque la conversación giraba en torno a esa especie de obligatoriedad de salir del propio pueblo o ciudad en cuanto hay más de dos días de fiesta seguidos. La hermana de Ro. comentaba que se irían a pasar esos días a la casa que tienen en un pueblito de la costa de Cantabria.
Yo: Pues nosotros no iremos a ningún sitio. Nos quedaremos aquí, a cuidar el pueblo...
La sobrina mayor de Ro., que en aquel entonces tendría cinco o seis años, me miró extrañada.
Ma.: Tía, ¿y por qué no vais a ir a ningún sitio?
Yo: Pues porque somos pobres...
Ma.: ¿¡¡¡ Cómo que sois pobres ¡!!? ¡¡¡Mira cuánta comida hay encima de la mesa!!!
A veces, el aparentemente inocente comentario de un niño o una niña, puede hacer que nos demos cuenta de lo estúpido de algunos de nuestros argumentos, e incluso de lo estúpido de algunos de nuestros pensamientos. Somos más altos, tenemos más fuerza, y nos sentimos superiores y creemos que todo lo aprenden de nosotros. Quizá deberíamos agacharnos más a menudo, ponernos a su altura, o mejor aún, sentarnos en el suelo con ellos, y escucharles. Y aprender de ellos. Nuestra prepotencia a veces no es más que una mezcla de ignorancia y egoísmo. Y a la larga, puede ser terriblemente contagiosa.
Y lo escribo sobre todo por mí y para mí, para que no se me olvide. Supongo que me hará falta releerlo a menudo...
servido por elpatiodemicasa
7 comentarios
compártelo